jueves, abril 26, 2012

CÁDIZ-MADRID-CÁDIZ

El tren semivacío e insólitamente silencioso. Nadie habla a gritos, nadie vocifera ante su teléfono móvil. Me fijo en que los cuatro ocupantes de la fila que ocupo vamos leyendo: mi compañera de asiento, una guía de Budapest; yo alterno lo último de Fernando Iwasaki con un dietario de Antonio Moreno; mientras, al otro lado del pasillo, un hombre lee El arte de la guerra de Sun Tzu, y la mujer que ocupa el asiento contiguo, que es japonesa, hace lo propio con un libro en su idioma... Y pienso que un mundo en el que los gustos lectores estuvieran repartidos más o menos de esta manera no sería del todo inhabitable.


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Lleno absoluto en la presentación de mi novela, e incluso algunas personas de pie. Claro que sólo había quince sillas. Pero para qué enturbiar la crónica del acto con un detalle sin importancia. Teniendo en cuenta, además, que aquellas quince personas resumen muy bien, por el mero enunciado de la relación que les une conmigo, mi propia historia con la ciudad, casi no se podía haber elegido mejor acompañamiento para presentar una novela que lleva en su título precisamente el nombre de esa ciudad, y sobre la que gravita una fundada sospecha de autobiografismo.


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En la cafetería del tren, a la vuelta, sólo tienen dos clases de sandwiches, ambos con queso. Y los tienen ya preparados, con lo que no cabe improvisar una solución de compromiso. Cada vez tengo más claro que esto de la turofobia es, antes que una manía, la seña de identidad de una minoría creciente -y que crece, además, en la misma proporción en que aumenta la manía de ponerle a cualquier comida, fría a o caliente, dulce o salada, ese innecesario aderezo mantecoso-. Y también que, como minoría no reconocida que somos, padecemos una seria discriminación.


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La señora no puede levantar su maleta hasta la plataforma portaequipajes, y su acompañante, algo más joven, tampoco puede ayudarla, porque alega padecer un problema de espalda. Miran las dos con resentimiento a los hombres que tienen más cerca: mi compañero de asiento, que está absorto en su ordenador, y yo mismo, que tampoco me inmuto, por razones que yo me sé y de las que tampoco es cuestión de dar explicaciones a una extraña impertinente. Y creo que es a mí a quien va dirigido su fulminante veredicto: qué hombres... más poco hombres.

3 comentarios:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

¿Y no los había de jamón? Vaya con los recortes. Un abrazo.

Jesús dijo...

Me ha encantado esta entrada, con la pequeña anécdota de la presentación abrazada por grandes historias de trenes. He visto a esas personas en mi mente, y he visualizado los escenarios. Al fin y al cabo, es un trayecto que he realizado en varias ocasiones, y que estoy deseando hacer de nuevo: hacia Madrid, para perderme; hacia Cádiz, para sentirme de nuevo en casa. Un saludo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente, la anécdota de la presentación se empequeñece al lado de esas otras historias, mucho más interesantes. Un saludo, Jesús.