lunes, abril 23, 2012

CARNE DE LIBRO

Las páginas finales de El tiempo es un sueño pop, la espléndida biografía de Terenci Moix que ha escrito Juan Bonilla, me traen a la memoria algún momento aislado de mi vida en el que esa existencia ajena adquirió relevancia de testimonio directo, incluso privado y particular -quiero decir, anterior a la trascendencia mediática que solían tener todos y cada uno de los gestos del biografiado-, y adquirió un relieve más preciso y personal. Fue unos años antes de la muerte del personaje. Un conocido periodista catalán me había citado en el Hotel Atlántico, de Cádiz, para sondear no sé si mi predisposición o mis aptitudes para colaborar regularmente con un periódico del grupo editorial para el que él trabajaba. Yo nunca me había visto en otra igual. Le llevé, por petición suya, un dossier con artículos míos publicados en la prensa andaluza, y quedamos en que en unos días se concretaría el resultado de su gestión. Pasamos luego a otra cosa y, no sé por qué, este hombre terminó hablándome de Terenci, con quien le unía una gran amistad, y de su destructiva adicción al tabaco, que lo había convertido en un inválido. Esto fue meses antes de que el escritor hiciera pública esa circunstancia y se prestara a ser filmado y entrevistado en su penoso estado. Mi interlocutor me hizo la confidencia en un tono de preocupación, que hacía extensiva a un amplio círculo de amigos e íntimos, lo que me dio una visión del autor catalán muy distinta a la que había atenido hasta entonces, que se reducía a su abrumadora presencia mediática. 


El único resultado que puedo asociar a esa entrevista fue que, meses después, un fotógrafo catalán me llamó para hacerme un reportaje que tendría como escenario un bello y ruinoso caserón de la calle Beato Diego, en Cádiz, donde una joven pareja amiga del fotógrafo -ella era conocida mía de tiempos de la facultad, según pude constatar- tenían alquilado un piso. La foto se publicó semanas después en el encarte central del suplemento dominical que ABC compartía entonces con el Periódico de Cataluña, y que en esa ocasión iba dedicado a poetas andaluces "de hoy". También, creo recordar, como resultado de ese contacto una novela mía llegó a manos de Ana María Moix, que entonces intentaba resucitar Ediciones B, lo que vino a sumar un tanto a la lista de empresas editoriales que se han hundido en vísperas de publicar o tomar en consideración un libro mío... Recuerdo todo esto al leer estas páginas finales. Y me siento, no sé... titular de una modesta parcelita en otras vidas que son ya carne de libro. Etc.


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De El pábilo vacilante, el dietario que acaba de publicar E. García-Máiquez, entresaco este apotegma, certerísimo: Cuando estoy muy cansado no puedo leer, pero sí escribir. La parte realmente intensa de la vida del letraadicto no es la escritura, sino la lectura.

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