martes, abril 03, 2012

CONCIERTOS




Para apreciar su performance el espectador tiene que desplazarse. Y sí, en efecto: a cada paso que da va distinguiendo los distintos sonidos que el intérprete arranca de los variados instrumentos que pulsa, roza, golpea, o por los que simplemente desliza la mano. Gran multiinstrumentista,  la lluvia.

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Al concierto auditivo sigue, en cuanto escampa, el de los olores. Olor a tierra mojada, a mampostería fresca, a piedra lavada, a vegetación vivificada. También, en donde el agua ha removido desagües y cañerías, a sentina. Pero la impresión general es de limpieza; y, por así decirlo, de reintegración: éste debe de ser el olor primigenio de las cosas, que la lluvia ha venido a devolvernos.

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Pero como también hay que atender los asuntos de intendencia, acudo al restaurante de mi amigo S., en el que he apalabrado que me sirvan el menú del día incluso en estos días vacacionales en los que sólo se puede comer a la carta. No me arrepiento. Un sustancioso plato de “sopa de pueblo” (caldo, pan y chorizo), un revuelto de champiñones, un aperitivo de papas aliñadas, un budín casero, una cumplida copa de vino. Como el "digestivo" no estaba incluido me lo tomo en casa: una copa de aguardiente del que traje de Pontedeume, hace dos veranos. Contra lo esperado, no logro descabezar un sueñecito, y el agitado duermevela que sigue a tan generosa comida me depara… una idea para un cuento, que trasladaré al ordenador esta misma tarde. En mi descargo, diré que nadie podrá achacarme que no haya aprovechado estos días de soledad buscada. 

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