miércoles, abril 18, 2012

DEFINITIVAMENTE

Definitivamente, no nos gusta Elia Kazan. El ciclo casero que nos hemos hecho en las últimas semanas ha desmontado las últimas esperanzas que teníamos puestas en un director de cuya ambición ética y estética no dudamos, pero cuyos resultados quedan siempre muy por debajo de las expectativas suscitadas. Mar de hierba (The Sea of Grass, 1947), por ejemplo: una mezcla -casi copia literal a ratos- de elementos de Duelo al sol, el excelente western teatral de Vidor, estrenado sólo un año antes, y de un conjunto heterogéneo de imitaciones que incluyen un homenaje casi explícito a El viento, la gran película muda de Victor Sjöstrom; pero que, a pesar de tan nobles componentes, no pasa de ser un melodrama barato, del que sólo sorprende lo explícito del flagrante adulterio que comete la protagonista (Katharine Hepburn) y la confusa amalgama, casi bergmaniana, de amor, odio y culpa que afecta tanto a la adúltera como a su energuménico marido. Quizá lo que ahoga a esta película, como a otras del mismo director, es la incapacidad de éste para airear la historia. Hasta el "mar de hierba" que le da título -la inmensa y salvaje pradera que se disputan, como es de rigor en tantas películas del oeste, ganaderos y agricultores- parece un decorado. Quizá ésa sea la característica más llamativa de las películas de Kazan: son tan asfixiantes y opresivas como previsibles. Y llama mucho la atención que su mejor película sea, precisamente, la más denostada en su momento: La ley del silencio (The Waterfront); que no es solamente, como quiso la opinión progresista de la época, una apología de la delación, con la que el director trataba de excusar sus denuncias al famoso Comité de Actividades Antinorteamericanas que presidió el senador McCarthy, sino un creíble melodrama de ambiente obrero. Tampoco está mal Lazos humanos (A Tree Grows in Brooklyn), una convincente adaptación de la novela autobiográfica de Betty Smith sobre las duras condiciones de vida en los barrios bajos de Nueva York. La barrera invisible, Pánico en las calles y Esplendor en la hierba son otras tantas películas de tesis sobre el antisemitismo, la imposibilidad de redención del criminal y la represión sexual, respectivamente, y la popularidad de algunas de ellas -la tercera, sobre todo- sólo se explica por el atractivo y el sex appeal de sus protagonistas. Un tranvía llamado deseo es, para bien y para mal, una simple adaptación fílmica de una obra de Tennessee Williams... No sigo. Con esos mimbres -prestigio prontamente ganado, buenos actores, grandes presupuestos, cierta voluntad crítica y transgresora-, un director de esas ambiciones podría haber llegado más allá. A las alturas, por ejemplo, que alcanza el desigual Vincente Minnelli en Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful) o Como un torrente (Some Came Running). Pero...


(Hacía meses que no escribía de cine tan por derecho... Uf.)

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