lunes, abril 16, 2012

EXPOSICIÓN



Le comento a este amigo, que es policía municipal en un pueblo cercano, que estoy leyendo uno de los casos de Plinio, su colega en la ficción. Y le pregunto si, en su día a día, alguna vez ha afrontado un caso que le haya obligado a efectuar una pesquisa detectivesca, al modo de las que efectúa en sus novelas esta especie de Sherlock Holmes manchego, encarnado por el jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. "Una vez", me dice. Y me cuenta que, intrigado por una sucesión de robos que hubo en el pueblo, ideó un método casero para identificar las huellas del presunto ladrón. Cuando acudió al juez con los resultados, éste desestimó un tanto burlonamente su trabajo, por no ajustarse a los estrictos protocolos procedimentales que, al parecer, han de seguirse en estos casos. Lo que me hace caer en la cuenta de que las pesquisas del personaje de Francisco García Pavón tampoco se ajustan a protocolo alguno, y serían de dudosa legalidad en un estado de derecho. Con toda su bonhomía y sentido común, Plinio es un funcionario del estado franquista, y, como tal, goza de privilegios e impunidades que, teóricamente al menos, serían impensables en una democracia... 

Y en esas estamos cuando suena el teléfono móvil de mi interlocutor. Es una llamada "desviada" del teléfono de la policía municipal. Y la hace una señora que desea saber si el panadero del pueblo "hará mañana tortas con chicharrones". El policía le facilita a la desconocida el teléfono de la panadería -que se sabe de memoria, como otros muchos de la localidad- y vuelve a la mesa, satisfecho de haber solventado un asunto más de los que suelen presentársele al cabo del día. 

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A todo esto, estamos en Grazalema, donde José Antonio Martel inaugura una exposición monográfica de su pintura. Hace un día infernal -llueve, un viento desabrido vuelve los paraguas, y han descendido las temperaturas-, pero, con todo, por la sala de exposiciones, situada en la planta alta del local de la oficina de turismo del pueblo, desfila una abigarrada tropa de curiosos, que inmediatamente agradecen el detalle de que se haya puesto a su disposición unas botellas de vino y una rebanadas de pan para mojar en un cuenco de excelente aceite... Entre la concurrencia, un entendido que dice haber visto pintar al maestro y casi fundador de la escuela pictórica serrana, Pedro (o Pierre) de Matheu, el pintor de formación francesa que aplicó a su obra una amalgama de influencias que van del impresionismo más ortodoxo a un cierto fauvisme de tintas planas, aplicadas a espátula... Es el uso de esta técnica en un cuadro de Martel, que representa un tropel de cabras en movimiento, lo que desata el amplio comentario; que veo que agrada a mi amigo, y que confirma su fidelidad más acendrada: su sentido de pertenencia a una tradición. Eso, y el hecho de que algún cuadrito ha cambiado de manos, resuelve satisfactoriamente la jornada.

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Y acaso es uno el que no está a la altura de la animada tertulia que sigue al almuerzo. Me vence el sueño y un cierto malestar que atribuyo al frío. Y la cosa no mejora cuando cambiamos de local y yo trato de reanimarme mediante cierto brebaje "estimulante" que ofrece el menú de infusiones, mientras mis acompañantes beben recios copazos... Tengo que conducir, alego. Y mi morriña no se disipa hasta que uno de los concurrentes, que ha salido a fumar, me anuncia que en un local frontero, al otro lado de la plaza llovida, hay un mercadillo de libros de ocasión. Acudo sin demasiadas esperanzas. Pero el mercadillo resulta toda una sorpresa: encuentro un par de libros que me faltan de un afamado poeta que, aunque no es de mis preferidos, sigo con interés; una antología bilingüe (inglés-chino) de poesía de la época T'ang, una novela que tenía curiosidad por leer... Noto la subida de la adrenalina mientras efectúo estos hallazgos. Y vuelvo a la cafetería completamente recuperado, aunque prevenido contra los comentarios burlones que sé que merecerá esta flagrante caída en mi mayor vicio.

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Casi olvidaba mencionar que, entre los libros hallados, había un ejemplar de El hombre del velador, mi segunda colección de relatos. Cuesta sólo 1.50 euros. Así que, por ese módico precio, decido rescatarlo del limbo y regalárselo a una de nuestras acompañantes. Y, como me parece injusto no extender la obra de caridad a otros libros de colegas y amigos, convenzo al resto de la compañía para que compren "este libro, que es la primera novela de... y no está mal", etc. Y así salvo, quien sabe si de la quema, un puñado de libros más. Eso tendrán que agradecerme sus autores.

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Veo que mi amigo pintor ha elegido una monografía sobre Brueghel. Le hago un gesto mudo de interrogación. Y me señala un detalle del conocido cuadro en el que el pintor flamenco reproduce un muestrario de juegos populares. En un rincón, un grupo de niños juega a lo que en Cádiz se llama mangüiti: un equipo de chicos agachados hace de potro y el otro salta sobre ellos; para, una vez acomodado todo el segundo equipo sobre los lomos del primero, intentar aguantar en esa posición el mayor tiempo posible. Se da el caso de que este amigo pintó hace años un cuadro de gran formato sobre este tema, y alguien le dio la referencia de este precedente en la pintura flamenca. En estos azarosos montones de libros uno encuentra siempre sólo aquello que le concierne, y que parecía estar allí a la espera de ser hallado por la persona adecuada. Y me alegra comprobar que este curioso fenómeno de la predestinación libresca no afecta sólo a  los adictos declarados, como es mi caso.

2 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

El poyo, el poyo se llama por aquí. O así lo llamábamos. Me ha encantado esta entrada.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

En el reverso del mencionado cuadro de mi amigo el pintor ha ido éste recopilando nombres de ese juego, que le van aportando amigos de distintos lugares. Y lleva ya una cantidad considerable.