lunes, abril 09, 2012

A LA OLLA



La esplendorosa tarde de domingo desmiente el carácter lluvioso y plomizo de la semana precedente. Es signo de nuestro descontento con nuestra suerte que tengamos la percepción -justificadísima en este caso- de que el clima parece confabularse para ser adverso justo en los días de vacación, y viceversa. Pero lo cierto es que estos días húmedos y oscuros han obrado también su efecto sobre el ánimo: encaraba uno la semana de vacaciones como un periodo en el que alternar los trabajos del ocio con largos paseos y excursiones al aire libre, en lo que prometía ser una versión bucólica y campesina del ritmo de trabajo que logré establecer para mi novela en las semanas madrileñas que dediqué a documentarla e iniciarla: la mitad del día ante el ordenador, la otra en la calle. En este caso el material era otro -unas decenas de poemas, o bocetos de poemas-, respecto a los cuales esperaba alcanzar ese subjetiva sensación de estado de gracia que te permite dar por buenos los toques finales, a la vez que surgen nuevos textos que matizan o completan el conjunto. Y no me puedo quejar; no del todo, al menos, porque sí que he logrado avanzar algo en el proceso de pulido de los textos ya escritos, e incluso añadir un par de poemas nuevos, además de haber empleado el tiempo sobrante en pergeñar otros tantos cuentos para una colección monotemática que tengo en mente. Pero... Siempre hay un pero. Faltó el necesario contrapunto del aire libre, el imprescindible recurso a la naturaleza y al sol. Si los dejara como están, estos versos míos serían... no sé, claustrofóbicos, por evocar bien a las claras las condiciones en que se escribieron. No lo serán, claro, porque les quedan meses de reelaboración y reconsideraciones. Falló (en parte) la ocasión, ay.


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Donde el ánimo era excelente era en la barra de nuestro bar amigo. Entramos con la intención, algo ingenua, de tomar una caña antes de almorzar. Y dimos con conocidos: nuestro vecino L., cuya relación con nosotros comenzó a raíz de nuestras quejas por el canto desacompasado y a deshora de un gallo inglés de su propiedad, a lo que él aplicó una solución expeditiva ("A la olla", dijo, y no volvimos a saber nada del pobre gallo); y un hombre del que sólo sabemos que cría unos hermosos asnillos en una finca de las afueras del pueblo. Inmediatamente fuimos invitados a una ronda, y luego a otra, a lo que hubimos de responder con una tercera que corrió de nuestra cuenta. Si no hubiéramos alegado algún pretexto para irnos, allí seguiríamos. Y tan a gusto.


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Y películas vistas muchas veces: la cínica Jo, qué noche, de Scorsese, la fastuosamente ambigua Coronel Blimp, de Powell y Pressburger, unas cuantas de Wilder... La experiencia, algo devastadora para el ánimo, de empezar a ver una película a media tarde, a plena luz del día (aunque sea la de estos días lluviosos) y levantarse del asiento cuando es noche cerrada y ya no queda tiempo que dilapidar. Si el cine tiene algún efecto secundario perverso, es ése.

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