jueves, abril 19, 2012

LILÍ BARCELONA

Leo con más que agrado la biografía que Juan Bonilla ha hecho de Terenci Moix; partiendo del hecho de que, en sintonía con lo que confiesa el propio biógrafo, este escritor no era, no es, de los que más me atraen, exceptuando algún cuento suyo que leí tempranamente, como el titulado Lilí Barcelona, que en su día -primeros ochenta, cuando cayó en mis manos la antología de narrativa breve catalana en la que se incluía- me pareció que respondía, como otros tantos signos externos del momento, al afán de emancipación personal que estaba a punto de materializarse en la vida cotidiana de quienes accedíamos a la vida adulta en esos años. Lilí Barcelona, en efecto, es un cuento de los sesenta que se leía muy bien en los ochenta, porque parecía escrito para quienes habíamos de leerlo veinte años después. Pronto, ya digo, el personaje mediático y autor de best-sellers eclipsó al autor de aquel cuento revelador. Y ahora Juan Bonilla se encarga, no tanto de rehabilitarlo -que tampoco lo necesita- como de explicarlo, a la vez que se explica a a sí mismo, como representante in pectore de una generación posterior, la clase de fascinación que aquellos hedonistas de izquierdas, aquella gauche divine que floreció en los años previos a la muerte del dictador, lograron ejercer sobre quienes veníamos detrás, como quien dice, lampando... (También existió, por cierto, como ingeniosamente postula el biógrafo, una droite divine, cuyo centro estuvo en la Costa del Sol). Todo esto es ya -también los ochenta- pura arqueología sentimental. Pero quizá hemos alcanzado ya la edad en la que cavar en ese agujero resulta, como mínimo, clarificador.


***


El niño de catorce años que, afectado por la misma dolencia que yo, mira con aprensión al hombre de casi cincuenta que le precede en la ronda de cuidados; como yo miro a los ancianos que me preceden, a quienes acaso no consuela el hecho de llevar la delantera en esta absurda carrera de relevos en la que nadie gana.

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