jueves, abril 05, 2012

MELANCOLÍAS


Me apena encontrar tantos errores en la traducción de este hermosísimo libro de recuerdos infantiles de Thomas de Quincey. Y me apena más todavía por la evidencia de que el traductor no es malo, y consigue dar a su texto castellano un empaque retórico similar al original. ¿Entonces? Tal vez la explicación sea que el traductor es joven y le faltan lecturas. Si no, no se entiende. Pongo algunos ejemplos. Al final del capítulo primero, en el que el autor da cuenta del ambiente social y político de los tiempos de su padre –es decir, la segunda mitad del siglo XVIII–, se mencionan algunos personajes influyentes del momento, entre ellos un tal Erskine, al que el texto castellano sitúa “al mando del bar” –las cursivas son mías–. Y me quedo pensativo. ¿Qué bar sería éste, cuyo mando genérico corresponde al famoso personaje? ¿Había bares en el siglo XVIII? (No los había, evidentemente, y su equivalencia más cercana correspondería a tabernas, posadas, hospederías, etc.) La palabra, además, no tuvo curso legal en español hasta la década de los veinte del pasado siglo, cuando llegan a nuestro país los bares de estilo americano… Pero sobra toda esta digresión en torno a la terminología hostelera, porque lo que la palabra bar significa en el texto inglés no es otra cosa que… la abogacía, que desde tiempos de Shakespeare se ejercía en las famosas Inns of Court de Londres, donde oficiaban los barristers o abogados.

Más grave aún me parece que este traductor no sepa que el Cato aludido en el original no es otro, para el lector hispano, que el célebre Catón. Pero donde mi asombro e indignación alcanza las cotas más altas es cuando leo la versión que este texto ofrece del primer verso de Macbeth, citado por De Quincey:  “¿Cuándo volveremos a encontrarnos los tres?”. Donde, evidentemente, debe decir “las tres”, pues quienes hablan son las tres brujas las que corean el maléfico ensalmo que determina el clima ominoso de la tragedia…

Son sólo ejemplos que no requieren la confrontación con el texto original. Tengo mis dudas sobre otros cuya elucidación requeriría ese recurso. No es mi intención enmendarle la plana a nadie. Todos tenemos errores y lagunas. Lo que llama la atención, sobre todo, es que un texto de esta importancia no haya sido revisado por otras personas que hubieran podido advertir al traductor de sus errores o exigir una reconsideración de los detalles más problemáticos. Es una carencia generalizada en la industria editorial española. Aunque su origen, quizá, haya que rastrearlo en la universidad y en su manera de amputar talentos en aras de una especialización prematura y corta de miras.

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Pongo otro ejemplo, y esta vez hablo de memoria, por lo que mis alusiones pueden resultar vagas o inexactas, aunque no así el meollo de la cuestión. Esta vez no se trata de una traducción, sino de la edición de un texto de un famoso modernista hispanoamericano. Éste aludía, creo recordar, a su afición a contemplar París desde una imperial. Y la editora -que es amiga mía, por cierto- anotaba, no sé si bajo el influjo de Google, que “Imperial” era una conocida marca de bicicletas de la época. Pero a lo que se refería el autor no era a otra cosa que a las imperiales o plataformas accesibles que solía haber en las diligencias y los tranvías, desde las que se obtenía un panorama de las ciudades similar al que hoy ofrecen los double-deckers ingleses o los autobuses turísticos  con piso alto descubierto.

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Melancolías de viejo, ya lo sé.

3 comentarios:

RM dijo...

¿Hamlet o MacBeth?

Inmaculada Moreno Hernández dijo...

Querido amigo, de viejo, no; son melancolías de sabio. Y no me venga Ud. con eso de que más sabe el diablo... No es su caso.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Inmaculada. Y oportunísimo aviso de que todos nos equivocamos, amigo R.