martes, abril 10, 2012

OFICINA

Hacía cinco o seis semanas que no llevaba a cabo lo que llamo "mi rutina"; lo que demuestra, entre otras cosas, que la rutina no lo es tanto, o no es más que una creación de la fantasía de uno. El caso es que obligaciones laborales sobrevenidas, citas médicas, días de vacación y compromisos diversos impedían el normal desarrollo de una tarde como ésta: una breve siesta, el paseo hasta las chicas del masaje en el hombro, el aprovechamiento de la salida a la hora de apertura de los comercios para hacer algún que otro mandado, el rato ante el ordenador... Hoy -escribo esto la tarde del lunes- el programa se ha cumplido escrupulosamente. Con una diferencia: la luz no es la de hace cinco semanas, como tampoco lo es el paisaje humano ni la predisposición de uno hacia ambos. Hace cinco semanas las tardes eran todavía frías y el ánimo andaba resentido por los catarros invernales. La luz era huidiza, el ambiente gris. Y la gente, en consonancia, andaba cariacontecida y sin muchas ganas de lucimiento. Hoy sucede todo lo contrario. El sol está alto todavía, los árboles tristes que dependen del cuidado municipal se han cubierto de esas flores ralas que termina llevándose el viento, pero que, mientras lucen, aroman la calle con una intensidad tan cursi como sugestiva. De las muchachas no digo nada. Y yo, a partes iguales, me avergüenzo de haber salido a que me reanimen la extremidad dolorida, como a los viejos, y me alegro de que ese pretexto me haya empujado a la calle en una tarde como ésta. Todo tiene su contrapartida. Luego, ante el ordenador, hace uno su jornada de gustosa oficina literaria; a la que corresponde, entre otras cosas, este apunte. 

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Voy aplazando el compromiso autoimpuesto de anotar algo de los libros de poesía que leo, antes de guardarlos: el de Fernando Ortiz (Después del siglo XX), que me parece un prodigio de sencillez y de asunción de la poesía en lo que tiene de civilizada práctica destinada a pocos pero escogidos lectores -en este caso, los del blog del autor, en el que fueron publicándose estos poemas antes de serlo en formato de libro-; el del mejicano Joaquín Antonio Peñalosa (Río paisano), que recibo como una inesperada confirmación de que algo de lo que he ido buscando con mayor o menor tino en mis lecturas de poesía anglosajona de la primera mitad del siglo pasado era hacedero en castellano; el de Míriam Palma (Ruidos. Silencio. Ruidos), recibido por intercambio amistoso, y que leo con cierta predisposición a dejarme encantar por algunos de sus impremeditados aciertos... Me olvido de alguno, seguro. Valga esta nota como melancólico recordatorio de la imposibilidad de impedir que la pila de libros por leer alcance proporciones amenazadoras, antes de entrar en conflicto con esa otra imposibilidad, la de hacer sitio para todos en los estantes.

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La poesía de W.C.W.: la búsqueda afanosa de algo que no se sabe qué es, y que vale más por el esfuerzo -que se advierte titánico- que por los logros. 

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