lunes, abril 30, 2012

PALAEMON ELEGANS

Para capear la mañana meteorológicamente desabrida, vemos Trono de sangre de Kurosawa. Y el mal tiempo -esas nieblas persistentes, ese bosque que literalmente camina bajo la bruma, como reza una ominosa profecía- se nos mete en el ánimo, y ya no hay diferencia entre el clima físico, tan alterado, y el moral, que tan tempranamente acusa -y queda aún más de medio día- el malestar dominical.


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Por eso el día anterior, pese al mal tiempo, nos echamos a la calle. Mañana cervecera, como las de los desocupados que tanto envidiamos cuando los vemos tomando el sol en las terrazas en los días laborables. Comenzamos en el bar que nos parece más al caso, y que ocupa una populosa esquina en la que, según reza una lápida, ha habido un bar desde 1813 -aunque es dudoso que pueda establecerse una filiación lineal entre el tabernón de hace doscientos años y el moderno establecimiento de treintañeros que ocupa hoy su lugar. Digo treintañeros porque ése es el sector de edad que parece predominar en el local. Lo son también quienes lo regentan: un hombre y dos mujeres, éstas últimas poseedoras de esa belleza baqueteada y como a prueba de roces que da el mucho trato con una clientela predominantemente masculina. Oímos las respuestas de una de las camareras a los despropósitos de un grupo de borrachos y, efectivamente, constatamos que no hay recoveco del alma masculina que tenga secretos para ella. Nosotros, mientras tanto, apuramos nuestras cervezas y tapas (una de pulpo muy eclécticamente aliñado, unas tradicionales cabrillas -caracoles gordos- en salsa). En silencio, claro está, y desde esa sensación de virtual impunidad que causa el saberse literalmente invisibles en un universo donde son otros los que llevan -y muy ruidosamente- la voz cantante.


En el segundo bar al que acudimos el público está más mezclado. Muchos treintañeros también, cómo no, pero  también muchos hombres mayores, de pueblo, que apuran sus rondas de cervezas antes de ir a casa a almorzar, lo que hace que en la atestada barra se abran de pronto grandes claros momentáneos en los que es posible acomodarse. Aquí fríen bien el pescado y sirven, además, unos exquisitos, fresquísimos, camarones gordos, que llaman del porreo -lo compruebo en Google y veo que tienen el pintoresco nombre científico de Palaemon elegans), que parecen pensados para estimular la sed de cerveza. Alguna cara conocida nos redime de nuestra invisibilidad, y nos reintegra a la abigarrada sociabilidad de la barra, a lo que también contribuye el hecho de llevar consumidas tres cervezas y tener el ánimo, el gaznate y el paladar en excelente predisposición. 


Tanto, que casi nos decepciona un poco que nuestro tercer bar esté ya algo de capa caída, quizá porque lo que allí dispensan no tiene la divina ligereza de lo de los otros bares de la hora, y predispone el ánimo a esas meditaciones sombrías que tan bien casan con los tintos recios y las chacinas y salazones de carácter. Con éstas concluimos el menú, a falta del nebuloso merengue que nos sirve de postre en una confitería cercana, antes de volver a casa. 


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Presentaciones literarias... pase. Pero sin epílogo musical, por favor. Y menos, si son del género en el que un hombre con voz fea aporrea una guitarra y canta una de esas melodías que parecen improvisadas bajo la ducha.


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En El Cultural me han hecho esta entrevista, con motivo de la presentación en Madrid de mi última novela.

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