miércoles, abril 04, 2012

A PRIORI

Para romper un poco la reclusión me he venido al estudio de J.A.M., a escribir mientras él pinta. Está haciendo un cuadro de gran formato (dos por tres metros, más o menos) que representa un puñado de ovejas avanzando por una cañada en dirección al espectador. Las alambradas que delimitan la cañada, a ambos lados, las líneas de las colinas del fondo y la hondonada de un arroyo bordeado de su correspondiente vegetación de ribera subrayan la perspectiva cónica en la que se ordena el conjunto, creando como un embudo en el que irrumpe una poderosa luz algo esquinada en relación al espectador, pero que, al incidir sobre los lomos de las ovejas y del todavía problemático pastor (J.A.M, aún no lo da por resuelto), subrayan su inmersión en este espacio unificado por la perspectiva. Pese a que lo dicho parece apuntar a que el cuadro obedece a un planteamiento geométrico, nada más lejos de la realidad: la escena responde a un estricto realismo cuasi fotográfico. Y es la realidad, en este caso, la que no duda en revelar sus patrones más o menos matemáticos, su subordinación casi kantiana a los a priori del entendimiento con que la percibimos e interpretamos. 


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K. maúlla desesperadamente durante las primeras horas de la mañana, hasta que la vence su natural querencia y busca un lugar blando y cálido donde dormitar el resto del día. No acabo de entender las causas de estos desgarrados lamentos. La lluvia, quizá, porque de vez en cuando se acerca a la puerta del patio y se encarama contra ella, como indicándome su deseo de que le franquee ese obstáculo. La obedezco, pero, en cuanto siente en su hocico las gotas de lluvia, retrocede. Repite el mismo ritual una y otra vez, con idéntico resultado. Y me pregunto si el verdadero motivo de este desconcierto será que echa de menos a M.A. y C., y no acaba de ver el sentido de esta impuesta reclusión a la que nos hemos sometido.


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Me declara M., pariente y ahora amigo y corresponsal, su devoción por la película La balada de Narayama, de Shohei Imamura, de la que le he hablado en un reciente mensaje. También M.A. quedó impresionada por esta película desde que la vimos hará un par de semanas. Yo la seguí al principio con algún reparo, algo escamado por la evidente inclinación de este director a ignorar el código de proverbial delicadeza por el que se rigen los maestros del cine japonés, y no dudar en mostrar abiertamente las realidades más sórdidas; en este caso, la vida en una miserable aldea de montaña, en la que rige la costumbre de que los viejos, al alcanzar determinada edad, han de ser entregados al "dios de la montaña" -es decir, abandonados para que mueran de frío e inanición-, antes que convertirse en una carga para sus pobrísimas familias. El espectador acaba entreviendo una cierta lógica, más allá de la que impone la mera supervivencia, en esta bárbara costumbre, y entendiendo que, incluso en esos niveles de pobreza y barbarie, puede alcanzarse una comprensión de la muerte superior a la que gastamos en nuestras culturas. Y éste es quizá el mérito mayor de la película: elevarse sobre el pintoresquismo de su asunto para alcanzar las grandes verdades que conciernen a la naturaleza humana. Es, quizá, al menos de las que yo he visto, la mejor película de Imamura, y la que lo absuelve, a mi entender, de todos los reparos que puedan ponerse a su obra si se la compara con la de sus maestros.

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