lunes, mayo 21, 2012

ABARDELA

El mal tiempo frustra nuestro plan de subir al monte a buscar lo que nuestros amigos nos han descrito, primero, como rosas silvestres, y luego han llamado abardelas; lo que, consultado en Google, se traduce en una vistosa flor de pétalos rosados, dispuestos al modo de los de las amapolas alrededor de un cáliz bulboso rematado por una corona de pistilos dorados... Se trata de la Paeonia broteroi, a la que ya conocíamos de alguna excursión anterior. Esta vez dejamos su búsqueda para otro día; aun sabiendo que, en lo vertiginoso de la estación, es poco probable que lo nacido, como es el caso de estas flores, a mediados de mayo siga vivo y pujante, una vez cumplida su función, dentro de dos o tres semanas. Con esta melancolía, que se deja acompañar muy bien de un copioso chaparrón mañanero, volvemos a casa.

***

Si acaso, ha venido uno preparando inconscientemente ese estado de ánimo a lo largo de todo el fin de semana. Me llevé para leer Cocktails, el libro del vanguardista brasileño Luís Aranha que ha traducido Marie Christine del Castillo, prologado Juan Manuel Bonet y publicado Ediciones Siltolá. Y me gustó, aunque sin poder escapar del todo a esa impresión que me asalta cada vez que leo a un poeta en lengua portuguesa contemporáneo de Pessoa: la sensación de estar leyendo la obra de algún otro heterónimo del lisboeta; en este caso, un logradísimo trasunto del cuasi-futurista y simultaneísta Álvaro de Campos... Casi de Álvaro de Campos me parecen los tres poemas largos que abren el libro, especialmente el primero, Drogaria de éter y de sombra ("Farmacia de éter y de sombra"), que podría muy bien ser una companion piece del famoso Tabacaria ("Estanco") del alter ego pessoano. 

Aunque el poema que verdaderamente me emociona, y me hace anotar el nombre de este fugacícimo poeta de un solo libro, es el titulado Poema giratorio, una visionaria evocación de un estado de fiebre, durante el que pasa por la cabeza del poeta una especie de vertiginoso carrusel de actualidades. Me interesa ahora mucho esta manera de escribir, que intenta contradecir o enmendar la tendencia natural del lenguaje al razonamiento discursivo, y trata de explotar otras potencialidades a veces preteridas u olvidadas, aunque nunca del todo ausentes de la verdadera poesía, tales como la libre asociación de imágenes e ideas.

Pero como este libro se lee en un santiamén, hube de complementarlo con uno de los que cayeron en mis manos, por pura casualidad, en el remate de libros con el que tropecé hace unas semanas en un pueblo cercano. A saber cómo había llegado éste hasta allí: 100 Tang Poems, en edición bilingüe inglés-chino, impreso en Hong-Kong, aunque sin pie de imprenta reconocible -a no ser que estuviera en caracteres chinos-. Y el caso es que, como suele suceder cuando dos lecturas absolutamente disímiles se superponen en el ánimo de un solo lector, estos poemas de hace mil quinientos años me resultaron más "modernos", más actuales incluso, que los del vanguardista brasileño. Y sin que pese sobre ellos la sospecha -como sucede con las versiones de poesía china de Ezra Pound, por ejemplo- de que el traductor haya querido arrimar el ascua a su sardina. No. El laconismo, el absoluto despojamiento de todo adorno retórico en el sentido occidental de la palabra, y el frecuente recurso a resolver el poema en una sola imagen final, son connaturales a este tipo de poesía. Nadie menos poundiano, me parece, que este Bruce M. Wilson, que intenta traducir los versos chinos a un inglés más victoriano que contemporáneo; y que, aun así, no logra despojarlos de esa característica limpieza retórica que tanto fascinó a Pound y a los imaginistas

Improviso la traducción al español de uno de ellos, a modo de ejemplo:

CANCIÓN DEL RÍO XIANG

Por el Xiang, sosegado y ancho en el otoño,
baja la luna y se aleja el viajero.
Y yo voy a despedirte en tu regreso a casa:
blanca perdiz que vuela sobre un infinito prado verde. 

(Zhang Ji)

Se entiende que, después de leer estas cosas, quisiera uno dedicar la mañana a buscar flores efímeras.

***

"¿Ha sido idea tuya?", le pregunto a mi barman de cabecera, ante la grata evidencia de que ofrece una cubeta de hielo con cinco botellines de cerveza por tres euros. "No, lo he copiado", reconoce. Y esa misma tarde, una amiga que anda un poco obsesionada con la cuestión de espantar el pesimismo nos hace ver unos vídeos en los que un tal Emilio Duró, que es una especie de ejecutivo reconvertido en showman para animar los alicaídos encuentros empresariales, pregona el mismo principio. "No innovéis -proclama a voz en grito-. Los de aquí no servimos para eso. Copiad. Copiad lo que esté bien hecho". Miro a mi amigo pintor, presente en la velada. Y no hace falta decirle nada, porque los dos sabemos que la contradicción es sólo aparente. Y que, en el arte como en otras cosas de la vida, empieza uno copiando para, por una mezcla un poco azarosa de idiosincrasia y accidente, terminar siendo fatalmente... original.

No hay comentarios: