martes, mayo 08, 2012

ANDARES



Qué pena dan estas cartas de Juan Ramón Jiménez (las leo en el segundo tomo de su Epistolario, recién publicado) en las que desnuda tan a las claras su hombría de bien y su delicadeza en un mundo de halcones desalmados. Y no lo digo por retratar al poeta en su tópica imagen de inadaptado: J.R.J. no lo fue, en absoluto; y si algo demuestran estas cartas, escritas en sus años de plenitud creativa y humana, es que sabía muy bien lo que se hacía, y sólo esperaba de los demás la misma probidad estricta que él aplicaba a sí mismo y a sus relaciones con los otros. 


Leo, por ejemplo, las cartas que intercambió con Archer M. Huntington, director de la Hispanic Society de Nueva York. Al parecer, éste le ofreció sufragar la edición de una antología de la poesía de J.R.J. que elaboraría y cuidaría el propio poeta, a cuenta de la mencionada Sociedad norteamericana. Ni corto ni perezoso, J.R.J. puso manos a la obra, y, contra viento y marea -porque no era fácil disponer de papel bueno, cuya pasta se importaba de otros países europeos, en los tiempos de la Primera Guerra Mundial-, elaboró una exquisita edición de sus Poesías escojidas, que dedicó al propio Archer M. Huntington y su esposa, y remitió a éste, adjuntándole una estricta rendición de gastos. Se ve que el americano no se esperaba que el de Moguer se tomara tan en serio su ofrecimiento; y, amén de expresarle sus reparos sobre la viabilidad comercial de esa edición -cuando lo cierto es que las que patrocinaba la Hispanic Sociaty eran siempre, como el poeta se encarga de recordarle, no venales-, se permitió darle a Jiménez unas lecciones de cortesía, indicándole que la dedicatoria que le había hecho el de Moguer violates not only good taste but common decency... Imagino la indignación con el que de Moguer recibiría esa reprimenda del santurrón puritano con el que le había tocado bregar. De la elegancia con que respondió dan fe las cartas conservadas. Pero...


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Días tan hermosos que uno no sabe exactamente cómo ubicar en ellos la fealdad de la rutina.


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Me explica M.A. que los andares moviditos de la muchacha que nos precede no se deben a ninguna afectación de coquetería por su parte, y que sobra por tanto el comentario que intercambiaron Jack Lemmon y Tony Curtis al ver a Marilyn recorriendo el andén de la estación de Chicago: "¿Dónde aprenden a andar así?". Me explica M.A., con su infinita paciencia, que esos andares son el resultado, perfectamente ajustado a las leyes de la física, de la conjunción de los zapatos planos y los pantalones excesivamente ajustados. De lo que se sigue que, para algunas mujeres, el calzado más cómodo es el que lleva tacones... No entiendo nada. Pero doy por buena esta confirmación de que nadie podría mantener por tanto tiempo unos andares tan afectados si no resultaran... eso: perfectamente naturales.

6 comentarios:

Portorosa dijo...

¡Pero si esos andares se dan con tacón alto!

Yo creo que la conjunción es: tacón alto, falda estrecha y cadera ancha. Y es una conjunción maravillosamente conseguida.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo también pensaba eso. Pero, a la vista de las evidencias, veo que lo contrario también es perfectamente posible.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Esa rara y hermosa habilidad suya de hablar sobre cualquier cosa (una falda ajustada, unos tacones, un día hermoso) pareciendo que se habla de algo trascendente. Será que todo, en el fondo, lo es (trascendente, digo) y solo se precisa el ojo sensible, la palabra precisa. Un placer venir por aquí.

Portorosa dijo...

(¿La foto del señor Calvo de Mora es de B. Evans?)

Emilio Calvo de Mora dijo...

Sí, Portorosa. Evnas en gus gafas de pasta y su aire de misticismo ebrio. y Yo, el que hay debajo, sin el señor ando mejor.

Portorosa dijo...

"Recién" la semana pasada me enteré de que Evans también era propenso a ciertas formas de evasión; como tantos otros colegas.

Oído, Emilio.