Todo sea, en fin, por darle un poco de alegría a la hostelería. Estaban vacías las terrazas, u ocupadas tan sólo por alegres grupos que se pasaban horas delante de un vaso. Ahora esos grupos tienen distracción, y les durará desde el puente de mayo hasta el día de San Juan, que es lo que abarca la temporada canónica de los caracoles; y dedicarán el tiempo que pasan en esas terrazas a ir sacando uno a uno los moluscos de sus conchas y a sorber a cucharaditas el rico caldo que los acompaña. Y todo eso por un muy módico precio, porque lo más característico de los caracoles es que, en buena ley, no deberían costar nada. Los caracoles, como todo el mundo sabe, crecen en el campo. Ahora hay quien los cultiva, creo, pero en alguna parte he leído que no es un cultivo demasiado rentable, y que quizá siga siendo más sensato atenerse a los que la tierra cría a la buena de Dios. En otro tiempo, al llegar la temporada, la familia entera se echaba a los rastrojales para cogerlos, y todo el mundo decía que no había caracoles como los que se comían en casa, aviados por la madre de uno. Ahora, ya digo, el consumo de caracoles se ha vuelto social, y discurre principalmente en los establecimientos hosteleros. No en todos, claro, porque tampoco encontrará uno caracoles –quiero decir, el diminuto caracol común que comemos aquí, y que no se come en ninguna otra parte– en un restaurante de postín o en un hotel de cinco estrellas. Allí es posible que tengan, en todo caso, escargots, que es la palabra francesa que designa los caracoles gordos y lustrosos.
Pero no se engañen: si son escargots, y no simples caracoles, es que en ese garito no comen las víctimas de la crisis, sino sus causantes.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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