lunes, mayo 28, 2012

ECONOMÍA INTERNA

Creo que todavía no he mencionado en este cuaderno el bar de mi calle. El bar del barrio por antonomasia; porque, aunque hay otros, éste es el más popular; o, al menos, el que los parroquianos consideran casi una prolongación de su propia casa, al que bajan para ver el partido de turno o para aviar una cena improvisada. No hay refinamientos gastronómicos en este bar: lo que preparan son suculentos bocadillos, frituras de batalla, pizzas más o menos sui generis, hamburguesas generosamente guarnecidas... Con eso se quitan el hambre las nutridas tertulias familiares que ocupan la terraza cuando hace buen tiempo y no sienten ningún deseo de volver a sus pequeños pisos recalentados, o los grupos de hombres solos que ven el partido y en algún momento de la velada sienten que hay que echarse algo sólido al estómago para compensar la ingesta de cervezas. A mí no me gusta el fútbol, y ni siquiera lo entiendo, así que debo hacer un cierto esfuerzo interpretativo cuando me instalo en el mostrador ante una cerveza, a la espera de que me sirvan algún pedido de comida para llevar, y trato de aparentar que sigo el partido, si no con la pasión del resto de los concurrentes, al menos sí con conocimiento de causa. Me ocurrió el otro día. En los veinte minutos aproximados que pasé en la barra hubo nada menos que dos goles en el importante partido que estaban retransmitiendo. Pero los dos goles me pillaron, lo confieso, pensando en otra cosa. Y lo más grave es que, mientras contemplaba con cierto apuro la preceptiva repetición de la jugada, en vano traté de recordar qué era aquello tan importante que me tenía ocupada la mente. Y ahora se me ocurre que lo que me tenía distraído era, como en tantas otras ocasiones, mi propio exceso de autoconsciencia, el viejo teatrillo mental en el que se representaba, en ese momento, el sainete del hombre que juega a confundirse con otros, que no quisiera otra cosa que confundirse con otros, y es precisamente su notorio esfuerzo por hacerlo lo que lo delata.

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-Profesor, ¿ de qué va El extranjero? -me pregunta esta simpática muchacha, alegre como unos cascabeles, que ha entrado en la biblioteca a proveerse de alguno de los libros sugeridos como lecturas optativas en una de sus asignaturas.
-Es sobre un hombre que está muy amargado, sin saber por qué, y que termina suicidándose...
-Profesor, por favor, no me cuente el final...

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"Si lo que has contado en esa trilogía tuya era tan importante para ti, ¿por qué no lo has contado en poemas, que es lo que mejor se te da?", me dice este amigo que a veces se jacta de decirme las cosas un poco demasiado a la cara. Y lo único que se me ocurre decirle es que la poesía no sirve para contar; y, menos, para contar hechos excesivamente pormenorizados, como los que llenan mis tres últimas novelas. Pero que, en la economía interior de uno, para poder escribir los poemas es necesario que esas otras cosas que acaso no corresponden a ellos queden dichas en prosa, que para eso está.

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