viernes, mayo 18, 2012

LA FERIA

Una explicación de lo que nos pasa podría ser lo que me contaba el otro día un amigo librero, a raíz de la apagada marcha de la Feria del Libro de este año. El primer fin de semana llovió a mares y no fue nadie. El resto de los días sufrimos temperaturas africanas y una solana que no hacía aconsejable salir a la calle hasta el filo del anochecer, por lo que fueron también muy pocos los que se decidieron a dedicar las horas muertas de la tarde a pasear entre libros, a pesar de que la temperatura –lo puedo asegurar– en las antiguas casamatas en las que tiene lugar esa actividad era más que llevadera. Es decir: tan perjudicial fue la lluvia como los días despejados, tan malo el sol inclemente como las lluvias torrenciales. ¿Cuál hubiera sido la solución? Mi amigo se encogía de hombros: ¿adelantar la Feria, quizá? Pero ya sabemos que abril, por ejemplo, es el más impredecible –“el más cruel”, decía el poeta– de todos los meses. Quizá lo que sucede, simplemente, es que a la gente cada vez le interesan menos los libros, y por eso nunca encuentra el clima apropiado para salir a dedicarles la tarde. O tal vez ocurre que el ser humano –y, dentro de esa categoría, los libreros, los escritores y cuantos pretendemos vender nuestra volátil mercancía en estos eventos– propone y los elementos disponen, y resulta que, si en nuestra imaginación aún hay lugar para una primavera ideal, hecha de largas tardes templadas en las que es posible pasear con chaqueta de entretiempo y hojear tranquilamente un libro, en la realidad esas tardes perfectas vienen siempre contadas, y no hay más que tres o cuatro al año, y casi nunca coinciden con los días en los que tenemos programadas las actividades para las que convendrían esas tardes. 


De ahí esta sensación de que, en la casa del pobre, todo son goteras. Lo que, bien mirado, no es un estado de ánimo exclusivo de los libreros y los escritores, sino de la ciudadanía en general. Ya me lo decía un amigo hostelero –uno tiene amigos en todos los gremios– la pasada Semana Santa, que también fue lluviosa: era lo que nos faltaba. Pero la lluvia o las temperaturas descontroladas de la primavera nunca son un inconveniente, sino simplemente un factor con el que hay que contar. Ese mismo fin de semana lluvioso de la Feria del Libro se acordó uno también de las otras ferias, las de los farolillos y las fritangas y los faralaes. Se imaginó uno los alberos embarrados, las casetas vacías, las vitrinas llenas de languidecientes pinchos morunos. Nunca llueve a gusto de todos. Pero, quizá por eso, hay manifestaciones del pesimismo que no son más que pura redundancia. ¿Acaso dejaremos de planear la feria del año que viene porque la de éste quedó deslucida? Quizá el problema es que les hacemos demasiado caso a los agoreros. Y los agoreros nunca van a las ferias. Ni leen.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

José Miguel Ridao dijo...

Pues aquí en Sevilla me contaban ayer que pusieron un termómetro en la caseta y marcaba... ¡¡49º!! Lo del mes de mayo de este año no ha sido normal, yo creo que no habría ido gente a la Feria del Libro ni aunque hubieran puesto las casetas alrededor de una piscina.

Un abrazo.