viernes, mayo 11, 2012

SUPERLUNA

Tuvimos "superluna", que es como decir que tuvimos lo que cada cual quisiera ver en ella, porque, si algo caracteriza al astro vecino, es su capacidad de transmutarse en la fantasía privada de cada cual. Pudimos verla en toda su plenitud el sábado por la noche, después de un día de abundantes lluvias que dejaron un cielo lavado y cristalino. No sé qué verían otros en ella. Ortega y Gasset, el filósofo que tanto gustaba a las duquesas, comparó una vez el sol a una tortilla de patatas, y se imagina uno los aspavientos que harían las damas enjoyadas ante esa comparación grosera. Claro que en España la aristocracia, y hasta la monarquía, han sido siempre muy de tortilla de patatas y taquitos de jamón, preferiblemente ingeridos en un palco de plaza de toros. Pues bien: la luna del otro día parecía eso: una enorme tortilla metafísica hecha para alimentar a los hambrientos de este mundo, que los hay, y no sólo de pan, porque también hay quien tiene hambre -digámoslo, a riesgo de ponernos cursis- de ensoñación y poesía. Eso vi yo en la luna. Los expertos han explicado que el fenómeno se debió a la conjunción de una serie de circunstancias perfectamente previsibles y recurrentes: que la luna esté en su punto de mayor cercanía a la tierra, que esté en su fase de luna llena, y que la climatología permita su visión perfecta. En todo caso, una cierta veladura no le sienta mal, y así la vimos nosotros: tras un leve velo, como una de esas duquesas picaronas que lo mismo alimentaban el afán de mundanidad del filósofo antes nombrado que la satiriosis de los autores de novelitas frívolas, tan abundantes en los años veinte del pasado siglo. 


 Claro que también hubo quien vio otras cosas en el astro magnificado. Una enorme moneda de dos euros, por ejemplo, puesta ahí arriba para encandilar los bolsillos vacíos. También esa imagen resulta poética, según se mire. Money is a kind of poetry ("El dinero es una clase de poesía") decía Wallace Stevens, el más delicado e inconsútil de los poetas estadounidenses; refiriéndose, no sé si a la productividad del verso en el país en el que todo se convierte en oro (como aquellos "mil dólares por verso" que, a decir de nuestro paisano Fernando Quiñones, cobraba el poeta Robert Frost), o al hecho de que el dinero, como la poesía, no tiene otro valor que el que queramos darle. 


Con lo que llegamos -el lector lo agradecerá- a la necesaria nota de actualidad que ha de tener todo artículo. Esa luna grande y dorada, como todos y cada uno de los doblones que se encontraron en las bodegas del Nuestra Señora de las Mercedes, el galeón hundido en el Golfo de Cádiz, ha venido para recordarnos que el dinero es eso: una ilusión. Y que por eso fluctúa en los mercados y hoy vale mucho y mañana nada. Como el crédito de las naciones. O, si me apuran, la palabra de los gobernantes.


(Publicado ayer en Diario de Cádiz)

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