lunes, mayo 14, 2012

VIDA SECRETA

Por sus "escritos públicos" sé de su vida secreta, dice J.R.J. a Alfonso Reyes en carta del 8 de agosto de 1929; lo que, se me ocurre, podría aplicarse perfectamente al tipo de escritura que se practica en este cuaderno. 


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Y este intento -tímido- de definición política, uno de los pocos que pueden rastrearse en esta correspondencia: Pienso que es necesario ponernos de manera más evidente entre las izquierdas claras (en carta a Enrique Díez-Canedo, 1 de octubre del mismo). Una exigencia de claridad que, viniendo de J.R.J., deja fuera la práctica totalidad del espectro político hispano, presente y pasado.


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Mientras tanto, termina la Feria del Libro, para mí, con un acto en el que presento a F.I., escritor y amigo, y al que sigue una grata velada en la terraza de un bar sito en una populosa plaza gaditana. Mis interlocutores -escritor, editor, escritores y amigos que han venido a acompañarlo- dan la espalda a la acera de enfrente, en la que tiene lugar -yo sí puedo verlo desde mi posición- un apabullante trasiego cuya naturaleza no me atrevo a especificar, pero que implica a decenas de jóvenes estudiantes forasteras -norteamericanas o centroeuropeas en su práctica totalidad- y chicos morenos o mulatos -algunos de ellos inconfundiblemente locales, otros no tanto- que parecen postularse como guías o ganchos para esos secretos comercios clandestinos en los que todos parecen poner tanto empeño. También el que nosotros ponemos en los asuntos a los que dedicamos la conversación debe de parecer igualmente misterioso al público circundante. Y, si acaso, más sinuoso y volátil, como lo es todo lo que atañe a las mercancías sin valor claro de cambio. La literatura, por ejemplo.


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A la mañana siguiente, lectura de prólogos, en la hora muerta en que disfruto de mi soledad de madrugador mientras los otros duermen. Son los libros que me han regalado los amigos con los que estuve ayer: la Poesía completa de Víctor Botas, a la que José Luis García Martín, que fue amigo y mentor del autor, pone uno de esos prólogos concisos y verdaderos cuya justeza -que es también justicia crítica- apenas consigue ocultar o disimular una contenida nota elegíaca; o el libro-homenaje a Chaves Nogales al que pone preámbulo Andrés Trapiello, en un texto que da a entender que ciertos fenómenos de reconocimiento tardío -el que ahora disfruta el homenajeado- producen casi tanta melancolía como la previa constatación del olvido en el que éste se hallaba sumido hace apenas unos lustros. Sobre todo porque -y esto no lo dice Trapiello, sino que lo digo yo- el reconocimiento mundano de hoy no anula los motivos del interesado silencio de ayer, sino que simplemente se superpone a éstos, de modo que hoy dicen admirar a Chaves los mismos que siguen manteniendo las dualidades simplistas -especialmente, respecto a nuestra guerra civil- contra las que se alzó la obra del hoy vindicado sevillano... Y leo, por último, el breve prefacio que F.I. antepone a Papel carbón, el tomo en el que ha recopilado sus dos primeras colecciones de relatos, publicadas en su Perú natal en los años ochenta. La tipografía de este prólogo imita la de las viejas máquinas de escribir que todavía entonces estaban en uso, antes de la generalización de los ordenadores. El autor constata su extrañeza por haber sido practicante de una forma de escribir que ha sido abolida para siempre; y lo que no dice, quizá porque lo deja al arbitrio del lector, es si esa forma de escribir conllevaba alguna diferencia esencial con la que ahora practicamos; o si la posibilidad de enmienda infinita, y sin gasto, de la frase pergeñada sobre la pantalla del ordenador no ha terminado por recargar nuestra escritura de dudas, de incisos, de matizaciones, de falsos golpes certeros, asestados sobre fantasmales trazos borrados una y otra vez...


Y es que no hay prólogo que, por su naturaleza retrospectiva, no incluya un deseo de enmienda sobre una realidad que ya se nos ha ido de las manos.  

2 comentarios:

Portorosa dijo...

si la posibilidad de enmienda infinita, y sin gasto, de la frase pergeñada sobre la pantalla del ordenador no ha terminado por recargar nuestra escritura de dudas, de incisos, de matizaciones, de falsos golpes certeros, asestados sobre fantasmales trazos borrados una y otra vez

Qué interesante.

Y qué ganas de sentarme en alguna plaza populosa de Cádiz.

Enrique García-Máiquez dijo...

El aforismo final es para cita preliminar de cuantos prólogos se escriban. Muchas gracias.