viernes, mayo 25, 2012

ZAMBOMBAZOS

El mismo día en el que mi sector laboral iba a la huelga me despiertan –dormía uno el sueño de los cargados de razón– unos zambombazos. Salté de la cama. ¿Habrá estallado la revolución social? Hace apenas unos meses no me hubiera planteado semejante posibilidad. Hace unos meses era la sociedad entera la que dormía el sueño de los satisfechos. Pero lo que ayer parecía inconcebible hoy no lo es. Y los españoles, que nunca hemos sido muy entusiastas de los formalismos democráticos, hoy nos volvemos a inclinar por el grito y la protesta callejera, y no digo yo que sin razón. 


 Pero a lo que iba: dormía uno el sueño de los justos y me despertaron unas explosiones. ¿Qué ocurrirá? Salí al balcón. No siempre tiene uno la oportunidad de asistir a la toma del Palacio de Invierno desde su ventana. Y cuando esperaba ver una multitud enfurecida avanzando tras una pancarta, lo que vi fue todo lo contrario. Un muy relajado desfile de señoras vestidas con trajes de lunares y con la cabeza rematada por tocados florales. Iban cantando, acompañadas de unos ecuánimes guitarristas y palmeros, vestidos, ellos también, a la usanza campera: zahones, chaquetillas cortas, sombrero de ala ancha… Acompañaban un carro adornado de flores, que portaba una imagen religiosa… Acabáramos. Se trataba, un año más, de la salida de la Hermandad local del Rocío. Otros años, sin que mediase huelga alguna, me los encontraba en la carretera. Y ni entonces, cuando retrasaban indeciblemente con su marcha la llegada al trabajo de la parte de la humanidad que no participaba de su jolgorio, ni ahora, cuando los oigo desde mi atribulado ocio inducido, he podido hacer otra cosa que menear la cabeza con un gesto que no sé si es de envidia o de resignación. 


 Naturalmente, nunca he renunciado del todo a los argumentos que el incrédulo se da para criticar estas ruidosas y extemporáneas manifestaciones religioso-festivas. Que muchos de estos romeros, por ejemplo, habrán abandonado alegremente sus responsabilidades laborales, que el paso de sus comitivas por el Coto Doñana estropea irremisiblemente el paisaje, etc. Con el tiempo, no obstante, ha aprendido uno a ser tolerante. Y más ahora. Cuando un barco se hunde, siempre es bueno que haya quien anime el cotarro con un poco de música y alegría, aunque sea esa alegría un poco impostada del sur, con su bulla y sus disfraces estampados. Es como si los músicos del Titanic se hubieran disfrazado de rumberos, y la desastrosa evacuación del barco se hubiera producido, no sé, al ritmo de ese “Tico-Tico” que cantaba la exótica Carmen Miranda. 


Así que ahí van los romeros y aquí se queda el hombre abrumado con sus dudas cívicas. Vayan otros al fútbol o al “botellón”, que también congregan multitudes. Gire el mundo. Y que todos los zambombazos que hayan de sonar sean, a la postre, como éstos.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

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