lunes, junio 11, 2012

AL MONTE



Golondrinas enloquecidas. O, más exactamente, aviones, pues les falta el babero rojo que caracteriza a su pariente cercano. Escandalizan la calle con su canto desaforado. Baten el aire en arriesgadas rasantes. Entran y salen de los nidos que han construido bajo el alero de la casa de enfrente. Los miro desde la ventana, con un pellizco en el pecho. Esa melancolía -que es también un síntoma de la felicidad desbordada- que causa la belleza inasible. A mis pies, tras la tela de gallinero que le hemos puesto al balcón, K. también los mira. Melancólica, aunque por otra causa -que es la misma-: ante esa explosión de vida descontrolada, quien pudiera... zampársela.


***


Se cumplieron felizmente las expectativas del fin de semana. Las "jornadas" de las que hablaba el otro día resultaron amenas e interesantes, y depararon alguna que otra anécdota simpática. Y en absoluto se sintió uno en evidencia por sus querencias afrancesadas - o por su mero afán de discrepar-: aquí todos eran afrancesados, o casi, porque, si algo quedó de manifiesto en este desenfadado cónclave de historiadores, es que, al menos en lo referente al periodo estudiado, se había alcanzado ya el bendito estadio en el que es posible la ecuanimidad. Patriotas -dijo el primer interviniente, y nadie quiso discutírselo- hubo en los dos bandos: en los que se alzaron en armas contra el francés y en los que, acatando la legalidad vigente, pensaron que la nueva dinastía suponía una oportunidad de cambio a mejor. Oportunistas y bandidos, por consiguiente, hubo también en ambas partes. Y la ecuanimidad llegó a tales extremos que, en la "escenificación histórica" prevista, con figurantes disfrazados, se decidió representar lo verdaderamente ocurrido en la localidad anfitriona, que no fue otra cosa que una muy digna sumisión al invasor, sin resistencias inútiles, en nombre del sentido común y de la supervivencia.


Por la noche, el modesto gentío congregado en torno a las jornadas se diseminó por los bares del pueblo. Nosotros hicimos lo propio. Y, pasada ya la medianoche, vimos cómo uno de los historiadores invitados abandonaba la barra del bar, en la que le habían distraído sus anfitriones, y se disponía a subir a su habitación, sita en el piso alto del mismo edificio. Nuestro amigo M. lo llamó, en principio sólo para felicitarle por sus atinadas intervenciones en los debates de la tarde. Pero cuajó rápidamente la conversación y el forastero se sentó en nuestra mesa. Entendí su gesto. Uno también se ha visto alguna vez, cuando ha toreado en plaza ajena, en ese momento crucial en el que los acompañantes de compromiso lo abandonan a uno y no queda otra alternativa que el sueño inquieto en una inhóspita habitación de hotel. Lo demás fue fácil: teníamos muchos conocidos en común -el forastero vive y trabaja en Sevilla- y, entre bromas y veras, el carácter de los asuntos que lo habían llevado hasta allí dio ocasión a que la conversación derivara a una versión distendida de las cuestiones tratadas en la jornada. Y así nos enteramos, por ejemplo, de que la mano que redactó el Estatuto de Bayona -es decir, la constitución que José Bonaparte otorgó a los españoles en 1808- fue la misma que redactó la Constitución de Cádiz en 1812... Al día siguiente, en su conferencia propiamente dicha, este hombre añadió que el grito de "¡Viva la Pepa!" no fue, ni mucho menos, la expresión espontánea del fervor popular ante la nueva constitución liberal, sino... un trágala, es decir, un lema concebido para acallar y humillar a los discrepantes con el nuevo orden... La España de siempre, que ni siquiera el benemérito empeño que, en general, supuso la nueva Constitución logró encauzar hacia impulsos más nobles que el mero oportunismo o el odio fratricida al adversario. 


Pero no era ocasión para afligirse. A la mañana siguiente, en la panadería, encontré a otro de los participantes en las jornadas: un experto en el desarrollo militar del conflicto en la Sierra de Cádiz. Le comenté que a mí también me gustaban las "batallitas", y él me confesó su entusiasmo por la historia militar, pese a -dijo- no tener la menor inclinación militarista. Ni uno se la presuponía: todo lo contrario. Porque nadie más susceptible de sentir ese entusiasmo que una persona pacífica que, desde su mesa de trabajo, o desde la paz de los archivos, experimenta el vértigo de vislumbrar, tras los paisajes más o menos apacibles de hoy, los furores de ayer. La Sierra de Cádiz, dijo, fue un Vietnam para el francés. Y las fuerzas que hubo de distraer para contener la retaguardia le impidieron tomar la ciudad que concentraba el núcleo de la resistencia... Y todo eso quedó corroborado ante el mostrador de la panadería, en una espléndida mañana de junio que casi invitaba a echarse al monte. Motivos no faltan, desde luego.


Y así pasó el fin de semana.    

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