viernes, junio 22, 2012

ALEMANIA



Conocí hace unos meses a una muchacha que acababa de regresar a España después de haber tenido durante años un empleo fijo como profesora de español en Alemania. Cuando se le preguntaba por el motivo de su regreso, decía que había sido por amor. Y entre quienes la escuchábamos había quien meneaba la cabeza, quizá porque pensaba que, en tiempos tan complicados como los que atravesamos, no hay amor que merezca el sacrificio de un puesto de trabajo seguro. 


También conocí hace tiempo, en una zona de huertas de un hermoso pueblo de la sierra de Cádiz, a una anciana alemana que vivía en un caserón solitario, en compañía de una docena de perros. No hablaba español, y su único interlocutor era un viejo hortelano que en su juventud había trabajado en la construcción del estadio y villa olímpica de Múnich, en vísperas de las trágicas olimpiadas que se celebraron en esa ciudad en 1972. Por él supe que la mujer no estaba en sus cabales, y que su monotema era la creencia de que los lugareños la vigilaban y acosaban. Yo mismo fui objeto de sus sospechas, durante unas vacaciones que pasé en la casa vecina: una noche vino a verme y, en un inglés apenas chapurreado, me acusó de no sé qué robos o bromas pesadas. A los pocos días se marchó sin dejar señas de su nuevo destino. 


No sé por qué me acuerdo ahora de estas historias. Quizá porque no se oye hablar de otra cosa que de Alemania, del deseo que muchos sienten de vivir y trabajar allí, de la bendita estabilidad –dicen– del único país europeo que parece haber resistido la crisis y se arroga el derecho de imponer a los otros una ortodoxia económica afín a sus intereses. Hace doscientos años, Madame de Staël, la conocida escritora alemana afincada en París, publicó un libro titulado precisamente l’Allemagne, en el que puso en circulación la especie de que su patria era el país romántico por excelencia. Los motivos por los que admiramos la Alemania de hoy excluyen todo romanticismo: lo que nos atrae de ella es la eficiencia y solvencia económicas. Entre los tiempos de la Staël y la actualidad median por lo menos tres guerras en las que el poderoso país centroeuropeo quiso hacerse con el control de Europa. Hoy ese control lo ha logrado, no con las armas, sino con sus finanzas. Pero el resultado es el que hubieran soñado los feroces expansionistas de antaño: una Europa con una periferia empobrecida, sin otra salida que proporcionar mano de obra barata al coloso dominante. 


Tal vez por eso me acuerdo ahora de la española que dejó esa aparente prosperidad por amor, o de la anciana que prefiere pasear su locura por la periferia degradada, antes que terminar sus días en un confortable asilo patrio. El romanticismo, ahora, es cosa de pobres. Alemania lo fue en tiempos de Madame de Staël.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

5 comentarios:

César Romero dijo...

Qué bien que el "Diario de Cádiz" haya recuperado a uno de los mejores escritores gaditanos actuales.
Y aun sobra el adjetivo.
Ojalá pronto a los editores del Diario también les sobre y publiquen estas columnas en el resto de periódicos del grupo.

Portorosa dijo...

Buenos días.
¿No le ha salido un artículo un pelín agresivo de más? Con el país, digo.
A mí no me cabe duda de que son instituciones alemanas, tanto públicas como, tras ellas, privadas (aunque en estas, a saber de dónde son los dueños, en última instancia, del dinero; que hoy eso ya no se sabe), las que están cortando el bacalao en Europa; y que lo están haciendo pensando en ellas y solo ellas, con las consecuencias que todos vemos.

Pero es que me parece que casi se podría leer como un artículo contra Alemania, así en conjunto. ¿No le parece? El tercer párrafo (sobre todo sus últimas líneas) así me lo parece.

Un saludo.

Olga Bernad dijo...

Bueno, quizá el romanticismo no sea ni de pobres ni de ricos... sino de quien no lo puede evitar. Es una razón un poco romántica, ahora que lo pienso;-)

No sé si Alemania ha ganado ya esta guerra, pero es bastante triste pensar que, votes a quien votes, te va gobernar la Merkel de turno.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, César y Olga. Y, por supuesto, a Portorosa. En este espacio son siempre bienvenidas las discrepancias. ¿Agresivo mi artículo? No, sólo impresionista; y quizá, por ello, limitado. Evidentemente, cuando se critica la política de un país, se sobrentiende que la crítica se refiera al gobierno que decide esa política, y no al país indiscriminadamente, salvo en la medida en que un pueblo es responsable (¿lo es, realmente?) de los dirigentes a los que vota.

Viñamarina dijo...

Curiosamente, gracias a este invento y mi hijo Adriano, localicé a alguien a quien hacía medio siglo que vi por última vez. Se trata de una alemana a quien conocí en Cambridge. Al decirle que por qué no nos visitaba me dijo que no podía dejar solos a sus "Kinder". Resulta que sus "Kinder" son una patulea de perros que son los primeros en contestar a ladridos cada vez que la llamo por Skype. En cuanto a lo otro, bueno que será que nos vayamos acostumbrando a desempeñar nuestro papel de "latinos", porque los alemanes son en Europa lo que los estadounidenses en América. Cuando le tengamos nosotros el amor al trabajo que ellos le tienen, podremos ir pensando en tratarlos de tú a tú-