lunes, junio 18, 2012

DESCOMPRESIÓN



Masas volcadas en el disfrute de placeres pequeños y más o menos asequibles: el viernes al mediodía, llenando los mostradores de esos benditos bares donde todavía es posible tomarse una caña por un euro; y el domingo, en la abarrotada playa, en cuyos accesos, a poco más de las once la mañana, ya era imposible aparcar. Eso sí: ni un vendedor ambulante a la vista, y los quioscos todavía cerrados. ¿Por falta de previsión? O más bien por esa especie de sexto sentido de los comerciantes, que saben que, ante ciertas confabulaciones declaradas -como la que nos ha traído aquí a disfrutar del sol y el mar gratuitos- es inútil contraponer según qué demandas.

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Después de ver, por variar, algún que otro bodrio pretencioso de la peor época del cine europeo -Historia de Piera, por ejemplo, a cargo del sobrevalorado Marco Ferreri-, aplaudimos con más entusiasmo si cabe el ciclo de películas de Gregory La Cava con el que hemos venido distrayendo la semana. Cínicas, desinhibidas, entrañablemente liberales. ¿Qué impresión causarían, en su día, al ser proyectadas en España? Pienso en Astucia de mujer (Smart Woman, 1931), en la que una esposa (Mary Astor) tolera, e incluso alienta, el adulterio abierto de su marido, y finge estar viviendo ella misma una historia de amor paralela, con el fin de recuperar el afecto del primero; o en la muchísimo más cruda Ansia de amor (Unfinished Business, 1941), en la que una pueblerina (Irene Dunne) es seducida en el tren que la conduce a Nueva York, y es incapaz de olvidar a su cínico seductor hasta que éste mismo interviene decisivamente para desengañarla y allanar así la relación que la mujer ahora mantiene con el hermano del otro... Tampoco la más conocida Damas del teatro (Stage Door, 1937) está del todo libre de enredos sexuales más o menos conducidos y gestionados por mujeres muy dueñas de sí mismas, y muy alejadas, por tanto, del prototipo de mujer desalmada o víctima de los hombres que se estilaba en otras épocas y latitudes. 

¿Vio alguien en la España de 1941 ese Unfinished Business? Si fue así, ¿qué pensaría? Probablemente, que la mujer era una fulana y el hombre con el que finalmente se casa un cornudo consentido. Pero también quedaría, no sé, la duda de si era posible decidir libremente sobre el destino personal. Ése es el gran mensaje de este cine liberal, disfrazado de comedia intrascendente. Y todavía hace pensar. Más que los alegatos presuntamente desinhibidos que se filmaron treinta o cuarenta años más tarde. Y que se siguen filmando.

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Indigestión. Lo atribuimos en principio a tal o cual alimento ingerido en las algo desordenadas comidas del fin de semana. Pero concluimos que la verdadera causa no ha podido ser otra que la inadecuación entre nuestro estado de ánimo, agotado tras la dura semana, y la necesaria predisposición festiva, que no se alcanza con la mera suspensión de las obligaciones, sino que exige, también, una cierta... descompresión. 

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