sábado, junio 30, 2012

DÍAS CONTADOS



Para los articulistas que nos ocupamos de lo nimio suele ser siempre una gran ocasión el momento en el que la Real Academia anuncia la admisión de nuevas palabras en el diccionario. Y no porque se tome uno a la ligera las decisiones de la docta institución. Todo lo contrario: esa ampliación suele ser un impagable catálogo de las modificaciones del diario vivir que han quedado registradas en el lenguaje cotidiano. Y, además, muestran, por qué no decirlo, el lado tierno de la Academia, su deseo de agradar, su pretensión de sacudirse su extendida imagen de institución rancia y ajena al pulso de la calle. Lo malo es que muchas de esas decisiones se toman tarde, o con prevenciones innecesarias, o afectando unas pretensiones de modernidad cultural, política y social que muy pocos se creen. 


Les pasa a los académicos como a esos padres que intentan utilizar el lenguaje de sus hijos y sólo consiguen que éstos se rían o se avergüencen de ellos. Ocurre con palabras como la recién admitida “gayumbos” –como ocurrió en su momento con la palabra “guay”–: uno la asocia inevitablemente con la parla de Homer Simpson, y no creo que nadie la utilice sin tener conciencia de estar empleando un registro paródico o humorístico; es decir, un registro que, por definición, escapa a la norma. 


Mayores reparos me producen ciertas extensiones de significado, que anuncian un camino que, de seguirse hasta las últimas consecuencias, obligarían a renunciar a la idea misma de elaborar un diccionario, porque no habría diccionario en el mundo capaz de registrar los sentidos particulares de todas las palabras en todos los contextos. “Riesgo”, por ejemplo, tiene ahora una acepción referida al significado específico que la palabra adquiere en las alarmantes informaciones económicas que nos quitan el sueño desde el inicio de la crisis (y que entendíamos, por cierto, sin necesidad de tener en cuenta ese posible significado nuevo). Parecido oportunismo cabe apreciar en la ampliación de la definición de “matrimonio” para recoger el que une a personas de un mismo sexo. Porque, independientemente de lo que uno piense de esa novedad legal, cabe preguntarse si, siendo el cometido de la Academia certificar realidades lingüísticas, y no jurídicas, verdaderamente ha podido constatar que en la conciencia del hablante medio esa palabra incluye ya, entre sus acepciones, los nuevos casos que admite la ley. 


Algo podríamos decir, en fin, del garboso “canalillo” que lucen muchas mujeres; o de la consagración en el diccionario de las donosas figuras del “sociata” y el “pepero”. Vivimos en un mundo de caducidades. Nada dura ya lo que debiera. Y da cierto pánico pensar que la parla de hoy, tal como la recoge el voluble diccionario académico, tiene también sus días contados.


Publicado el pasado jueves en Diario de Cádiz

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