sábado, junio 09, 2012

FIRMAS

Nos aferramos a nuestra educación sentimental porque, en tiempos en que todo lo demás demuestra ser precario, es lo único que nos queda. Y por eso no le extraña a uno que alguien dé la voz de alarma porque de la madrileña Puerta del Sol va a desaparecer el anuncio luminoso de Tío Pepe que la preside desde 1936, y que en su defensa se alcen tantas voces como, pongo por caso, las que han movilizado para salvar la playa de Valdevaqueros, en Tarifa, amenazada por un proyecto inmobiliario. ¿Vale lo mismo un paraje natural que una añeja estructura publicitaria de hierro y cristal? Vale lo mismo, porque, en las confusas escalas de valores por las que nos regimos, hace años que la quincalla urbana se cotiza tanto como la más singular de las obras de arte, y sólo una obra de arte única –de las de verdad, quiero decir, como lo son Las Meninas o el David de Miguel Ángel– alcanzaba hasta ahora, en la escala de las cotizaciones sentimentales, el valor de un paisaje irreemplazable. Despejen esta ecuación y ya está. 


 Quizá es que la vida se ha vuelto demasiado complicada como para que sepamos distinguir, a la primera, lo valioso de lo que no lo es, lo fundamental de lo meramente accesorio. Comprende uno que algunas personas no conciban la Puerta del Sol sin esa fea estructura que, si de noche, iluminada, puede satisfacer ciertos paladares kitsch, de día parece un andamio herrumbroso a punto de derrumbarse sobre la multitud que llena la plaza a todas horas. Por lo mismo, se “indultaron” en su día –es decir, se les consideró exentos de la legislación que restringía la publicidad en las carreteras– los toros de Osborne. Pero contaban éstos con una ventaja, que acrecentaba su valor icónico: en su caso podía prescindirse de las letras que originariamente cubrían la estructura, y bastaba la silueta. En el anuncio de la Puerta del Sol pesa tanto el icono –la botella de fino ataviada con una chaquetilla roja y un sombrero cordobés– como el eslogan: “Sol de Andalucía embotellado”. Y acaso ese sol del tópico no haya hecho otra cosa que ensombrecer aún más, si cabe, el no siempre animado panorama urbano que presidía, en el que convivía nada menos que con la fachada de la siniestra Dirección General de Seguridad, sita en esa misma plaza en los tiempos del franquismo. 


Así que proteste cada cual por lo que quiera, en este tiempo en el que no hay causa que no reúna sus miles de firmas. La mía, si se da el caso, se sumará a las que defienden Valdevaqueros. Allí también lo que se juega es un poco de sol. No “embotellado”, y ni siquiera del todo andaluz, porque sus rayos tocan las orillas de dos continentes. Y que calienta más, qué duda cabe, que la castiza sombra de la botella que daba aspecto de caseta de feria a la plaza más populosa del país.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

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