viernes, junio 15, 2012

GRADUACIÓN



Es tiempo de despedidas. Y los que se despiden son, paradójicamente, los que llegan. Cientos, miles de jóvenes dicen en estos días adiós a sus escuelas, después de haber terminado el último curso. Lo llaman, por contagio americano, "graduación". Y no sólo los mayores: también los alumnos de secundaria se gradúan; y hasta los de la guardería, si me apuran, porque a nadie choca ya oír a una vecina explicarnos que lleva a su hija pequeña disfrazada de gatita, o de ratita, o de conejita, porque esa tarde se celebra la fiesta de graduación del parvulario… Es como si no hubiera sector de edad que no quisiera perpetuarse en su situación presente antes de asimilar el paso a la siguiente etapa. Y no sólo por la crisis, porque el llamado "síndrome de Peter Pan", la negativa a asumir con naturalidad la condición de adulto, no es cosa de hoy, ni de ayer. Hace años ya que estamos acostumbrados a ver los fines de semana en el supermercado a pandillas de treintañeros, y hasta de cuarentañeros, llenando el carro de bebidas y chucherías para celebrar el "botellón". Algunos lucen ya canas, e incluso calvas más o menos respetables. La adolescencia se ha prolongado ya hasta esa edad en la que la propia plenitud física empieza a abandonarlo a uno. De modo que, en este mundo simplificado, no parece haber sino dos edades: la juventud casi perpetua y la vejez más o menos vergonzante. 


Se entiende que no haya prisas por agotar la primera. El final de la escuela es ya un aviso. De ahí que se dramatice tanto, y que su celebración transcurra con cierta melancolía, como ocurre siempre cuando la juventud se niega a sí misma para adoptar, aunque sea por unas horas, el disfraz de los adultos. Y de un disfraz se trata, qué duda cabe: chaqueta y corbata; tacones vertiginosos y medias de cristal; y mucho maquillaje. Porque lo otro, la corbata por obligación y el tacón de la dependienta que permanece en pie ocho horas diarias, queda lejos aún. 


Lo que, en cierto modo, es una ventaja. Hasta no hace mucho, quien tenía ambiciones debía darse prisa, porque las oportunidades, incluso en épocas de vacas gordas, eran escasas y muy disputadas, y los caminos para conseguirlas eran limitados. Hoy incluso esas oportunidades parecen dudosas. Prepararse para alguna de las profesiones "seguras" de antes puede ser un gravísimo error. Así que, a la vista de tan incierto panorama, no hay razones de peso para que quien pueda y quiera no atienda su propia inclinación. "Quiero ser dibujante de cómics", me decía una chica desde detrás de su capa de maquillaje, en el trance supremo de la fiesta de graduación. Y yo la aplaudí, porque dibujar tebeos (o tocar la flauta, o escribir poemas) en este tiempo incierto no parece más descabellado que dedicarse a las finanzas. ¿O sí?


Publicado ayer en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

¿Y has pensado, José Manuel, en la triste condición de los docentes, que vemos pasar las graduaciones, año tras año, sin graduarnos nosotros nunca de nada?
Todos se gradúan, menos nosotros. Todos promocionan o "progresan adecuadamente", menos nosotros.
¿Será que hemos hipotecado ya el futuro hasta la definitiva graduación-jubilación?
¿Será que estamos muertos sin saberlo, como los personajes de Comala y nuestros huesos contemplan el paso de las generaciones bajo los cimientos del centro educativo?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

De ahí esta melancolía, Juan. La de quienes sólo podemos esperar ser cada vez más viejos entre promocione que tienen siempre la misma edad.