lunes, junio 04, 2012

NAUFRAGIOS

Después de la "cena de graduación" y de la preceptiva copa con los compañeros, enfilo el camino de vuelta. Son las tres y media de la mañana y tengo por delante una caminata de veinte minutos. Hace una noche espléndida. De los normalmente amortecidos árboles urbanos y de algún que otro escondido macizo floral llegan emanaciones dulzonas, insinuantes, cargadas de mensajes que uno entiende mal dirigidos, porque desde luego su destinatario no es, no puede ser, este comedido casi cincuentón que vuelve a casa después de un honesto jolgorio con compañeros de trabajo. Así que aprieto el paso, y me divierte constatar que, detrás de las persianas de algún piso bajo, alguien entona un vibrante concierto de ronquidos. Yo también debería estar ya en la cama, me digo. Pero el aire tibio, tocado sólo de la imprescindible nota de humedad, hace desaconsejable esa opción, y más bien invita, si no a prolongar el paseo, sí a ralentizarlo, a despecho de que las calles están desiertas y estos barrios de mi infancia -pues esta noche, después del vino y la copa, me quedaré a dormir en la casa paterna- nunca han sido demasiado recomendables a partir de cierta hora. Pero qué peligro se puede esperar en esta soledad tan bien dibujada, donde todos los objetos aparecen perfilados por una especie de luminiscencia adicional, prestada por la capa de rocío encendida bajo las luces dispersas de las farolas. Es un mundo nítido y limpio, donde la resonancia de los pasos de uno recuerda la del zapateo de un bailarín sobre un tablado. Sí, camino sobre un escenario, soy el único actor, y puede que también el único espectador, de una comedia cuyo argumento ignoro, pero para la que incluso -estas ropas de fiesta- me he vestido cuidadosamente. ¿Para qué?, me digo. Llega un momento en que, a la entrada de mi antiguo barrio, se me plantea la misma disyuntiva que tantas noches de mi adolescencia. Pero entonces el reclamo conservaba todavía intacto su atractivo. Y ahora ya sabe uno que la verdadera alternativa no es dormir o ceder a las tentaciones de la noche, sino tener o no mañana la cabeza despejada y la conciencia en paz. Y uno actúa en consecuencia.


***


A la hora del almuerzo la feria está desolada. Se ve que la gente no está dispuesta este año a gastar más de lo necesario, y en eso no entran estos comistrajos que, a poco que se anime uno y el grupo sea numeroso, alcanzan pronto el precio de un banquete en un restaurante de cinco tenedores. Por eso la verdadera diversión de este sábado de feria en tiempos de penuria no empieza hasta la media tarde, que es cuando un público mayoritariamente adulto ocupa la calle de las casetas de baile y copas. Bajo esta luz polvorienta, filtrada por una oportuna bruma baja, todos parecemos un tanto deslucidos y ajados. Es como si un hechizo nos hubiera detenido en el tiempo en plena fiesta hace, no sé, treinta años, y de pronto, al deshacerse el embrujo, la fiesta hubiera continuado como si tal cosa, sin que los participantes se hubieran dado cuenta de que, de pronto, todos esos años han pasado por ellos.


O tal vez lo que cuento es sólo el efecto de que, al llegar a la caseta, estuvieran sonando las primeras notas de Sweet Child of Mine, un viejo éxito de Guns'n'Roses de finales de los ochenta, que es cuando todos los que estamos aquí empezamos a dejar de ser quienes, en este espejismo de la fiesta fuera del tiempo, hoy creemos que somos.


***


Mientras uno anda distrayendo el fin de semana en estos modestos jolgorios de más o menos compromiso, el país de hunde. Lo leo en los desalentadores titulares de los periódicos, en la mañana del domingo. Pero incluso en la inminencia del hundimiento no parecen del todo fuera de lugar estas moderadas expansiones. No hay naufragio, ya se sabe, en el que no no suene de fondo la música de la orquesta que se hunde con el barco.

3 comentarios:

Rosario Troncoso dijo...

Querido amigo José Manuel, magnífica entrada, como siempre.
No siempre te dejo un comentario, aunque sabes que estás entre mis lecturas habituales, pero hoy, además de alabarte, voy a ser un tanto tiquismiquis.
El éxito al que haces referencia, que me toca de lleno (mis primeros años en la feria, mis primeras borracheras en la caseta de El Estudiante, mi pandilla semi-grunge, semi-heavy metal, etc.), Sweet Child of Mine, no es de AC / DC, sino de Guns and Roses, de su maravilloso álbum "Appetite for Destruction" (1987).
Es uno de mis temas favoritos de la banda, y con él he vivido muchas cosas, ya lejanas.
Pues eso, siento la intromisión y la corrección. Si te apetece escuchar este álbum, ya sabes donde lo tienes a tu disposición. Pídemelo.
Un beso enorme y gracias por este blog.
Charo.

Rosario Troncoso dijo...

Querido amigo José Manuel.
Antes que nada, enhorabuena por tan magnífica entrada, como siempre.
Aunque no siempre te dejo comentarios, sabes que estás entre mis lecturas habituales.
Pero hoy voy a ser un poco tiquismiquis.
Haces referencia al tema "Sweet Child of Mine", y éste no es de AC/DC, sino de Guns and Roses, de su álbum "Appetite for Destruction" (1987).
No podía dejar pasar hacerte esta indicación, ya que se trata de uno de mis temas favoritos de la banda, y he vivido muchas cosas con este tema de fondo: mis primeros años en la feria, mi año de COU en la caseta de El Estudiante, mi panda de amigos semi-grunges, semi-heavy metal, etc. Ya ves que aunque soy un poco más joven que tú, también tengo la sensación que describes. Se dejan muchas cosas atrás, y una extraña emoción me invade cada feria, cuando observo, en el espejo de los días, que ya no soy la misma, ni esa persona de la que empiezo a perder conciencia.
Pues eso, muchas gracias por este blog.
Un besazo enorme.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenida la corrección, Charo, que recojo en el texto. "Appetite for destruction" es también uno de mis discos favoritos. Pero la memoria de uno ya no e slo que era.