viernes, junio 01, 2012

NIÑO INEM

Nació en la cola del Inem (quiero decir, del Instituto Nacional de Empleo, al que van a inscribirse los parados) un niño llamado Inem. La madre, una inmigrante nigeriana, rompió aguas durante la espera. Y el niño Inem nació allí, en la concurrida oficina del Inem de Alcorcón, parteado por una psiquiatra que también hacía cola para demandar empleo. Lo del nombre no se sabe si ha sido una ocurrencia de la madre para llamar la atención sobre su situación, o se debe simplemente a que, para un oído hecho a la resonancia de las lenguas hausa, yoruba o igbo, la palabra Inem pierde su desoladora apariencia de acrónimo burocrático y suena tan cordial y prometedora como, por ejemplo, el nombre de la cantante Funke Akindele o el del novelista Amos Tutuola. Digo yo. 


A noticias así se les pierde pronto el rastro, por lo que ni siquiera sé decirles si ese anunciado propósito se ha llevado a cabo o no. Alguna vez he oído que los encargados del Registro Civil tienen la responsabilidad, no sé si oficial u oficiosa, de disuadir a los padres que pretenden inscribir a sus hijos con nombres chocantes o malsonantes. Claro que nunca es fácil decidir cuándo un nombre es malsonante o no. ¿Lo es Celestino, o Fortunato? ¿Lo son, acaso, todos esos nombres que delatan qué artistas o series de televisión estaban en boga cuando nacieron sus portadores? De las Vanesas, por ejemplo, tan abundantes en las listas escolares de hace unos años, sabemos que casi todas nacieron al poco tiempo de que el cantante Manolo Escobar eligiera ese nombre, que era el de la entonces famosa actriz británica Vanessa Redgrave, para bautizar a su hija. Felices aquellos niños, en fin, que recibieron el nombre de personas o personajes que habían hecho felices a sus padres; y que, en ese aspecto, no difieren mucho de los que, en épocas más pías, recibían nombres del santoral; o, en otras de palpable emoción histórica, eran llamados Napoleón o Washington… Aun así, no deja de ser arriesgado imponer a un ser humano un nombre que pueda inducir a otros a emitir juicios apresurados sobre el carácter y destino de quien lo lleva. Porque, igual que hay Vanesas que no terminan de ajustarse a ese nombre nacido para el papel couché, hay Napoleones a los que su nombre les pesa mucho.

Algo de eso ocurre con el de este niño Inem. Como el de la Biblia, que nació en un pesebre, su nombre y circunstancias de nacimiento parecen apuntar a un destino ineludible. Uno espera de todo corazón que pueda esquivarlo. La solución es sencilla. Mientras siga aquí, todo el mundo reconocerá en su nombre la marca de unos tiempos nefastos. Pero si, como ya están haciendo muchos, da el salto a otro país más próspero, en esa tierra extranjera su nombre no será más exótico que el de Manuel o Antonio, pongo por caso. Y habrá muchos Manueles o Antonios haciéndole compañía.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

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