jueves, junio 21, 2012

PAYASOS

Días en los que me despido de gente y -milagros de la moderna sociabilidad apoyada en la tecnología- reencuentro a gente con la que había perdido el contacto hace muchos años. Extraña sensación de que al azar que rige estas despedidas y reencuentros le queda ya, respecto a uno, muy escaso margen para el ilusionismo sentimental. Dices adiós con la sensación clara, no sólo de que es muy posible que no vuelvas a ver jamás a la persona a la que despides, sino de que... te es igual (y no por falta de simpatía tuya hacia esa persona, o viceversa, sino porque das ya por descartado incluso el inocente ritual de intercambiar teléfonos y direcciones a las que sabes de antemano que nunca vas a recurrir). Y en cuanto a los reencuentros, igual: qué poco cambiamos con los años; qué pocas sorpresas las que somos capaces de deparar al prójimo; qué mutua decepción cuando estos reencuentros te devuelven a una versión inacabada de ti mismo, a una especie de borrador que creías descartado a favor de un retrato mejor, más perfilado y logrado; y que, sin embargo, nadie más ve.


***


Sin tiempo apenas para acudir siquiera a este cuaderno, que es el último asidero de la privacidad cuando todos los demás (la lectura, la escritura, el ocio en paz) parecen descartados. Vida sin vida, por así decirlo, porque no hay un instante para anotarla.


***


O acaso en el capítulo de lecturas pueda anotar esta biografía de Samuel Beckett que voy leyendo a trancas y barrancas. Un hombre raro -o quizá demasiado normal-, abocado a la escritura por una especie de fatalidad del carácter que difícilmente podría denominarse "vocación". Macerado en sus fracasos, incluso cuando, por una infrecuente conjunción de azares, su texto menos premeditado y exigente -Godot- le depara fama y reconocimiento mundiales. Y, aún así, sus reflejos siguen siendo los del escritor ignorado o fracasado. "El último modernista" se le llama en el subtítulo de la traducción española. Hubiera sido mejor decir "el último vanguardista", dándole al término modernist su verdadera equivalencia en nuestro ámbito cultural. Pero no, ni siquiera eso. Hay un optimismo en la vanguardia del que este nihilista carece por completo. Lo que no quiere decir -sería mucho decir- que Beckett sea un pesimista declarado. Vladimir y Estragón, los protagonistas de Esperando a Godot, son básicamente payasos: el augusto y el clown de los circos de nuestra infancia, el que afecta, con su rostro empolvado, una imposible pretensión de dignidad, y el  que exhibe la más absoluta desfachatez desde su presunta inocencia. Dos embaucadores, en suma. Que llevan embaucando al público lector o teatral europeo desde hace más de medio siglo.


***


Triunfar tarde, en ciertos casos, no viene a ser sino una broma por la que el destino confirma la inevitabilidad, la inexorabilidad -y acaso lo merecido-, de los fracasos anteriores.

No hay comentarios: