jueves, junio 07, 2012

UNA LECTURA TARDÍA

Para distraer los trayectos de autobús y los ratos de espera en la fisioterapia, me echo al bolsillo el ejemplar de Pantaleón y las visitadoras que compré por 50 cts. en un baratillo hace unas semanas. Simplemente, me dio pena verlo allí, y pensé que la llamativa portada de Noguera-Nolla, tan de los setenta, con sus siluetas en tintas planas, rojas y verdes, de una pierna de mujer enfundada en una media con liguero y una pierna de militar con su característica tira en el pantalón, merecía mejor suerte que decolorarse bajo el despiadado sol de las mañanas dominicales. (De éste, o éstos, Noguera-Nolla, por cierto, no he encontrado otra referencia que su(s) nombre(s) en los créditos de diversas publicaciones de la época, entre ellos muchos libros de Círculo de Lectores). 


Pero a lo que iba. Tenía referencias de este libro prácticamente desde el momento de su publicación. Una profesora nos despanzurró el argumento, por lo que, aunque ya en esa época era consciente de que los libros no se leen sólo por llegar al final de la historia, mi interés por éste se desinfló bastante. Por aquel entonces leí, eso sí, otras novelas de Mario Vargas Llosa: La casa verde, de la que apenas recuerdo nada (¿merecerá la pena releerlo?) y La tía Julia y el escribidor, que entonces me pareció un libro dudoso por su aparente ligereza y la evidente devoción que mostraba por ciertas formas de la cultura popular (a mis dieciséis años, mi sentido del humor era prácticamente inexistente), pero que pronto incorporé a mi panteón particular de lecturas más o menos iconoclastas, teniendo en cuenta que la particular iconoclastia que desarrollé en años posteriores iba dirigida, más que nada, hacia las formas más pretenciosas e ideologizadas del arte literario, contra las que reaccioné, creo que por fortuna, tempranamente. 


Así que, miren por dónde, me veo ahora ante un autor que me mereció algunas reflexiones más o menos decisivas cuando frisaba uno la veintena... ¿Qué podría decir de él? La misma evolución a la que me refería antes me alejó pronto de mi inicial devoción por la novelística del llamado boom hispanoamericano. Aunque este libro, ahora que lo pienso, también pone en solfa algunas de  las convenciones de ese particular momento de la narrativa en español, y anticipa en gran medida el espíritu burlón de La tía Julia... ¿Acaso el atribulado capitán Pantaléon Pantoja, embarcado en una estrafalaria misión, no pertenece a la misma estirpe de meticulosos soñadores de poco aliento que el pobre escribidor de radionovelas que coprotagoniza la novela posterior? Cuesta resistir la franca hilaridad que se desprende de las mejores páginas de esta novela; pero, por otra parte, salta a la vista la inanidad de ciertos efectos narrativos característicos de aquella generación. El abuso de las escenas oníricas, por ejemplo, que no hacen avanzar la narración y más bien parecen un pretexto para engordar el número de páginas; o los saltos más o menos arbitrarios en el tiempo y el espacio. Curiosamente, la luego demostrada competencia estilística del autor sólo se manifiesta aquí en las hilarantes parodias de informes militares que constituyen el grueso de la correspondencia que el protagonista cruza con sus superiores.


Así que no me arrepiento de esta lectura tardía. Además, se sabe uno inmune al gran inconveniente de la literatura de plena actualidad: ¿cómo digerirla, cuando el gusto y el puro placer no van por delante de la reflexión? Aquí el producto llega ya digerido por cuatro o cinco generaciones de lectores, que a lo mejor ya lo han olvidado, o relegado al nicho de los intereses superados... Para bien o para mal, uno no va a molestarse en discutir con ellos.

2 comentarios:

Portorosa dijo...

Hablar de Vargas Llosa y, aun encima, recomendar libros, parece un poco de chiste, a estas alturas. Y más a un escritor. Pero bueno, yo creo que La casa verde sí merece una relectura; y que merecen una lectura sus relatos iniciales más conocidos, y sobre todo Conversación en la catedral.

En fin, yo creo que es alucinante todo lo suyo no excesivamente tardío. Aunque, ya digo, me da como no sé qué, decirlo...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pues me alegro de que lo diga, porque a veces pecamos de pasar por alto lo obvio, y de dar por leído lo que a lo mejor no todo el mundo ha leído, o no lo ha leído en el momento oportuno. Por eso yo suelo volver aquí sobre mis relecturas y mis deudas lectoras. Un saludo.