lunes, julio 02, 2012

BOMBARDEOS DIURNOS DE PRECISIÓN

Las vacaciones no terminan de arrancar. Flecos laborales todavía por resolver, idas y venidas, tiempo que, sin ser propiamente de otro -el tiempo propio que uno le alquila a otro-, tampoco es de uno.

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Otros se han ganado ya el derecho a gestionar absolutamente su propio tiempo. Almuerzo para despedir a compañeros que se jubilan. Parabienes, discursos emotivos. Y hostelería defectuosa, a pesar de que el evento corría a cargo del que, dicen, es el mejor restaurante de la ciudad. Pero el menú es más bien justito, amén de archisabido; la bebida se administra con cuentagotas -hasta el punto de que, a la hora de los brindis finales, muchos brindamos con la copa vacía-; y el personal, como suele ser norma, muy maleducado: las camareras no paran de charlar entre ellas mientras los homenajeados pronuncian sus discursos.

Luego, para la copa de sobremesa, nos sentamos en un añejo bar atendido por camareros septuagenarios. Como es mi costumbre, huelo la ginebra -me gusta hacerlo-, antes de mezclarla con la tónica. El anciano lo interpreta como un gesto de desconfianza. "Es Beefeater", espeta. Yo no lo había dudado. Aunque, en este ambiente general de precariedad y decadencia, quién sabe.

En otros tiempos más boyantes no nos conformábamos con menos de una Hendricks.

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La gastritis me rejuvenece. Fue el mal de mi adolescencia. Ahora suelo tener, en general, un estómago a prueba de bomba. Aquellos males gástricos de mi juventud fueron, más bien, síntomas de malestar moral. Los de ahora, aunque esporádicos, también.

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Programa triple de cine para la tarde-noche del sábado- Dantón, de Andrzej Wajda; Almas en la hoguera (Twelve O'Clock High), de Henry King; El beso del asesino (Killer's Kiss), de Stanley Kubrick. El tiempo pasa insensiblemente mientras uno mantiene el ánimo suspenso en estas ficciones. De ellas, la mejor es la segunda: una espléndida película dedicada -dicen las palabras iniciales- "a los hombres que hicieron posible los bombardeos diurnos de precisión". Hoy esa dedicatoria resulta de una incorrección terrible. Pero la película propiamente dicha no tiene desperdicio. Un oficial de aviación recibe el encargo de subir la moral y mejorar el rendimiento de una escuadrilla indisciplinada y, diríamos hoy, desmotivada. Hasta aquí, el mismo planteamiento -y muchas escenas características- de la típica película de "fuertes" de John Ford: el protagonista -Gregory Peck- reprende y castiga -y, a la vez, atenúa benévolamente los castigos que impone- a todo aquel al que sorprende descuidando la guardia, llevando incorrectamente el uniforme o bebiendo en horas de servicio. Hasta que consigue que su tropa responda adecuadamente en combate y recupere la moral perdida. Todo esto, contado en tomas brevísimas, muy expresivas, que recuerdan las viñetas de Milton Caniff en la serie Terry y los Piratas. Disfruto con esta insospechada película de hombres solos -la única mejer que aparece, fugazmente, es una enfermera-; que me sacude el sopor que me había dejado la infumable película de Wajda, y me predispone a apreciar en lo que vale el ejercicio de estilo con el que se estrenó el joven y pedantesco Kubrick.

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Poniente. Piel de gallina en la playa. Claro que algunas gallinas lucen más que otras.

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