viernes, julio 13, 2012

DELICATESSEN



Pasea uno por una calle comercial y hay tiendas que inspiran una piedad infinita. No es sólo que nadie entre en ellas: es también el hecho indiscutible de que responden a expectativas propias de tiempos mejores. Ayer entré en una: una especie de charcutería que, por mor de esas fantasías que la población cultiva en las épocas de prosperidad, se anuncia todavía como tienda de delicatessen. Yo sólo quería comprar un poco de fiambre para el desayuno. Pero la dependienta, mientras cortaba aplicadamente unas lonchas de jamón de York, no cejó en su empeño de llevar mi atención a otras exquisiteces. “Tenemos unos postres riquísimos”, me decía, señalando un expositor. “¿Conoce usted este vino?”, “¿Y nuestras conservas?”. En su insistencia había una nota de angustia. Parecía decirme: “Hoy no ha entrado nadie más en la tienda. Mañana pasará lo mismo. Y pasado, si no ocurre un milagro, igual. Y usted me dirá qué hago con todo esto”. Yo entendía esa angustia. Y, al mismo tiempo, sentía que poco podía hacer por aliviarla. ¿Me llevaba unas canastillas de hojaldre? ¿Añadía a mi compra una cajita de sal en escamas? El caso es que me sentí liberado cuando pude abonar mi compra y salir. 


Pero no pude dejar de pensar en lo sucedido. Cuando este comercio abrió sus puertas, me dije, cualquier ciudadano más o menos confiado en la estabilidad de su empleo y de la economía en general se gastaba alegremente unas decenas de euros en darse un capricho. En esas expectativas se basaba el florecimiento de cierta clase de tiendas especializadas en lo superfluo. Eran, por qué no decirlo, la alegría del comercio; y también contribuían lo suyo a cierta ilusión colectiva de refinamiento y prosperidad. Luego las cosas cambiaron. Las autoridades pusieron en circulación una moneda de juguete, desprotegida frente a los vaivenes financieros; los bancos se arruinaron después de alimentar durante años la especulación inmobiliaria; los estados, tras décadas de despilfarro, se vieron abocados a la bancarrota. Y todo eso se traduce en que el dinero, que antes afluía normalmente al bolsillo del ciudadano en forma de sueldos y créditos, ha dejado de fluir. Y si el ciudadano no tiene dinero, o tiene miedo a gastarlo, bien poco es lo que estará dispuesto a dedicar a lo superfluo, a la mera alegría de vivir, a esos lujos modestos en los que se traduce el optimismo. 


Todo esto pensé con mi paquetito de jamón de York en la mano. Yo hubiera querido que fuera…, no sé: anchoas de Santoña, foie del Perigord, burbujas de la viuda Clicquot. Peor lo tienen otros, que no pueden permitirse siquiera el jamón de York. Eso sí: junto con el fiambre me llevé algo que no estaba incluido en el precio, y con lo que ya llevamos meses desayunándonos: una ración de pesimismo.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

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