jueves, julio 12, 2012

EL HUMO CIEGA TUS OJOS



Irene Dunn cantando Smoke gets in your eyes en Roberta, una película musical de 1935. La canción todavía  no se ha convertido en la pieza de repertorio soul que estamos acostumbrados a oír principalmente en voces negras. Es más: por otros números musicales de la misma película, sabemos que la Dunn no tiene el bendito desparpajo -y, por qué no decirlo, la vulgaridad, en este caso beneficiosa- de, por ejemplo, su compañera de reparto Ginger Rogers. Canta con una insufrible voz de mezzosoprano, absolutamente impropia del estilo desenfadado que hoy esperamos en una comedia musical. Su propia presencia física -le pasa a otras actrices de la época: Mary Astor, por ejemplo- añade engolamiento a su personaje; que, para colmo, es el de una aristócrata rusa en el exilio... La canción, sin embargo, se impone a todos estos factores.  Es bellísima. Y tiene ese ingrediente de naturalidad que parece indisociable de la gran canción popular americana (y también, por cierto, de la española): ese humo que ciega los ojos añade una sutil nota de ambiente -local cerrado, noche, vida ligeramente disipada- a la historia de amor que se cuenta en la canción. La anoto aquí para el recuerdo. Como también anoto, puestos a ello, la desternillante interpretación de I won't dance que hacen Fred Astaire y la siempre patosa -aunque simpatiquísima- Ginger Rogers.

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En la azotea a primera hora de la mañana. Caigo en la cuenta de que, en los diecisiete años que llevo viviendo en esta casa, podrían contarse con los dedos de una mano las ocasiones en que he subido aquí a esta hora. En perjuicio mío, naturalmente; porque se me ocurre que la contemplación diaria de este espléndido panorama (el saco interno de la Bahía, las marismas, las ocasionales bandadas de flamencos, la vista de tres o cuatro ciudades más o menos diluidas en la calima del horizonte), sin las limitaciones que supone verlo desde una ventana, bastaría para empezar con pie firme y el ánimo inmejorablemente predispuesto todas mis jornadas. Pero tampoco conviene abusar, supongo, para que no se pierda el factor sorpresa, que es lo que me emociona hoy.

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Podemos vivir con menos, claro. El problema, si persiste el actual proceso de penuria creciente, será sobre todo para quienes tienen que vivir de los modestos capitales sobrantes de los otros. ¿Quiénes podrán permitirse gastarse doscientos euros en un restaurante caro una o dos veces al año, escapar un fin de semana con su pareja -o con quien no es su pareja- a un hotelito, permitirse el más mínimo capricho que se salga del guión de la mera supervivencia? Y es muy curioso que el resultado de la aplicación estricta de una política económica ultraconservadora sea... la sovietización de la vida, su reducción a la mera obtención de la ración diaria en la cola del pan. Y a veces, por lo que se ve -y como era norma también en las economías sovietizadas-, ni eso.

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