domingo, julio 22, 2012

FANTASMAS

Mire hacia donde mire, el español medio siempre tiene cerca la pobreza. Nunca nos hemos alejado de ella lo suficiente. Hemos sido un país rico en términos estadísticos, pero eso sólo porque hay demasiados países pobres. Aun en los mejores momentos, nuestro nivel de vida siempre ha estado muy por debajo del que se disfruta en las naciones más avanzadas. Y a esa pobreza relativa se une ahora la amenaza cierta, o más bien la inminencia, de la miseria en términos absolutos, la que sobreviene a una familia cuando pierde su fuente de ingresos y sus ahorros. 


Ésa es la realidad. Pero a la incidencia de la crisis en curso hay que sumar otro factor: el hecho de que, incluso en épocas más boyantes, una gran mayoría de los españoles nunca ha olvidado la realidad de la pobreza vivida, tal como la pudieron conocer en su infancia o por el testimonio directo de sus padres y abuelos. Es casi un obligado tema de conversación en las sobremesas de las comidas familiares. “¿Te acuerdas de cuando solamente comíamos pollo en navidad, y no siempre?”, dirá el abuelo, a modo de ocurrencia, ante la fuente de comida sobrante. Algunos incluso van más allá, y sacan a colación los tiempos no lejanos en los que se sabía a ciencia cierta que había quien cazaba palomas de los parques para aviar un puchero, o era capaz de condimentar un guiso hecho con la carne de un conejo del que nunca se enseñaba la cabeza, para evitar sorpresas. 


En todo eso habrá su pizca de mistificación, cómo no. Pero es también un factor que tener en cuenta en la actual confianza que algunos parecen tener en que, por efecto del recuerdo de esa pobreza ancestral, el español sabrá relativizar los efectos de la actual ola de pobreza sobrevenida, e incluso soportarlos con paciencia. Tiene algo que ver esta idea con el principio general, propio de las ideologías más reaccionarias, de que la pobreza, como el mal, son constitutivos de la naturaleza humana, y a ellos sólo escapan unos pocos afortunados y elegidos. De lo contrario, no se explica uno la inadvertencia con la que el país está siendo conducido a situaciones que se creían superadas hace decenios. Y lo que se olvida, quizá, es que la pobreza no siempre presenta el rostro resignado, e incluso angelical, que muestra en las películas antiguas o en los reportajes benevolentes de la telerrealidad. En España hemos sido siempre pobres, sí; pero, además, y como consecuencia de los males aparejados a esa pobreza, hemos sido con frecuencia intolerantes y fanáticos, amén de violentos. Y me da por pensar que un regreso a la España pobre, sin más, no puede producirse sin que afloren esos otros fantasmas del pasado. La España de Carpanta es también, no hay que olvidarlo, la de Bernarda Alba y Pascual Duarte. Y por ese camino vamos mal.


Publicado el pasado jueves en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Toribio dijo...

Me encanta su blog, Sr. Benítez: acabo de llegar a él siguiéndole la pista por su magnífica traducción de los poemas de Kipling, libro que compré hace años, pero hasta hace poco no he caído en la cuenta de la gran importancia de los traductores. El If gana mucho con su traducción (mucho mejor que cualquier otra de las que se ven en internet). Viendo sus interesantes y bien escritas entradas del blog, ya he encargado alguno de sus libros que, seguramente, no me defraudarán... Buscaré también sus traducciones. En fin, muchas gracias.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra que le guste mi traducción de Kipling, y que sea ésta la que le ha traído a otras cosas mías. Espero que mis otros libros le gusten también. Bienvenido a esta "Columna de humo".