miércoles, julio 25, 2012

GENTE

Multitud festiva entre las montañas de desperdicios que se han acumulado en la calle por efecto de la huelga de basureros. Impresión de ciudad sitiada. Y, al mismo tiempo, de grato abandono, como si ya no fuera posible otra cosa que beber cervezas -que es lo que hacemos- y hozar en la basura.


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Me dice C. que lee este diario desde Boston. Será, supongo, como oír sermonear a su padre a la hora de comer. Y a una distancia en la que ese permanente discurseo resulta incluso entrañable.


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Me encuentro por la calle, por cierto, al padre de uno de sus compañeros de viaje. Fue amigo mío en la adolescencia, cuando los dos teníamos la misma edad que nuestros respectivos hijos tienen ahora. "Quién nos iba a decir a nosotros -le digo- cuando nos pasábamos las tardes dando vueltas sin ton ni son por la ciudad, que nuestros hijos harían lo propio, treinta años después, en una lejana ciudad norteamericana". "Y que aprovechen -me dice mi amigo, que siempre ha sido un hombre práctico-. Porque lo que está por ver es que puedan repetirlo, tal como están las cosas".


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Este otro conocido me dice que "si tuviera una columna -lo que entiendo como una directísima alusión al modesto espacio que uno detenta en el periódico local-, no haría otra cosa que rajar", y a continuación señala varios asuntos merecedores de esas temibles quejas no formuladas: la presencia en los espacios públicos de la ciudad de ciertos monumentos modernos de nuevo cuño, la política de pan y circo de las autoridades, etc. Le doy la razón, claro, y admiro la presunta capacidad de este columnista in potentia para encontrar asuntos. Y para creer -ingenuamente, en fin- que la simple indignación cívica basta para modular una cuartilla. Ojalá fuera tan sencillo.


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X. ha vuelto a la primera juventud. Las mujeres le causan ahora, a sus cincuenta y tantos, los mismos quebraderos de cabeza que cuando tenía veinte. Sin que le asista la vitalidad de entonces, claro. Y bajo la impresión de que toda la que él ha perdido la han ganado esas mujeres con las que ahora se relaciona; no mucho más jóvenes que él, por otra parte.


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Y este otro cuyo nombre no recuerdo, y al que encuentro en una librería de viejo, buscando documentación sobre los indios norteamericanos... Lo que me hace pensar que el fundamento de toda esta variedad de comportamientos -en la que incluyo el mío- no es otro que una muy bien repartida locura. 

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