miércoles, julio 11, 2012

MARCHA NEGRA

Los mineros marchan sobre Madrid. También en el ánimo de uno los sentimientos marchan por delante de la razón, cada vez más inoperante y desarmada. Porque la verdad es que al principio pensé que lo que defienden -el mantenimiento, contra toda lógica, de una minería subvencionada y ruinosa- era un puro disparate. Pero ahora su causa se ha convertido en algo más: son la expresión de un descontento mucho más amplio y profundo, como demuestra el clamoroso recibimiento que les han tributado los madrileños. Y eso que no han andado muy cuidadosos con las formas y con las connotaciones simbólicas: el franco aire de revuelta que la protesta ha adoptado en sus comarcas de origen, e incluso las previsibles resonancias fascistoides del término "Marcha negra", con el que han denominado su desfile por las calles madrileñas... Pueden perdonárseles esas tosquedades, que bien pueden servir de advertencia a quienes creen que la población está dispuesta a sufrir cualquier desafuero sin protestar ni defenderse. Más allá de todas estas consideraciones, la simpatía con la que se les recibe es genuina. A muchos, desde nuestros inoperantes reconcomios particulares, nos gustaría ser mineros hoy.


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Desde Boston, C. me pone los dientes largos. Me dice que ha estado en una estupenda librería de viejo. Sabe bien el tipo de turismo que yo haría si me encontrara allí. Que es, por otra parte, el mismo que ella hace, ya no sé si por querencia propia o por dar siquiera una satisfacción vicaria a su atribulado padre.


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Cuantas más películas veo de Mitchell Leisen, más me asombra. Mejores cuanto más absurdo su planteamiento; porque su esencia, en una época no demasiado alejada aún de la eclosión surrealista, es que el sinsentido expresa bien la deriva de los instintos y sentimientos humanos. Lo vemos en Behold My Wife, por ejemplo: el hijo de un millonario se casa con una india para humillar a su familia, a la que acusa, fundadamente, de haber provocado el suicidio de su anterior prometida. La india irrumpe como un torbellino en la vida social de la clase alta neoyorquina; y, al constatar que no ha sido otra cosa que el instrumento de una venganza, se echa sobre sus espaldas incluso un crimen que no ha cometido... Es decir, una acción propia de comedia, pero que avanza sobre acontecimientos de naturaleza trágica, en una mezcla que produce tanto asombro, o más incluso, que las salidas de tono con las que los surrealistas más ortodoxos, como Buñuel y Dalí, trataban de escandalizar a sus coetáneos. Otro ejemplo: Bodas blancas (Practically Yours), en la que un piloto de guerra, poco antes de emprender una heroica acción suicida contra un portaaviones enemigo, hace una emotiva alocución en la que declara, entre otras cosas, que echará de menos sus paseos con Peggy por Central Park... Con lo que la tal Peggy se convierte, de la noche a la mañana, en la aclamada novia de un héroe muerto. Sólo que... ni el piloto ha muerto (salta en paracaídas antes de que su avión se estrelle), ni la Peggy aludida era la muchacha en cuestión, sino... la perrita del piloto. O en Arise My Love, donde un piloto que ha luchado a favor del bando republicano en la guerra civil española es salvado de un penal de Burgos, donde le aguardaba una ejecución inminente, por una aventurera...  Podría aducir otros ejemplos. Situaciones absurdas e improbables, que arrancan del corazón mismo de la tragedia para deriva a inquietantes y sorprendentes formas de comedia. Se dirá que, para que argumentos así funcionasen, era imprescindible el concurso de guionistas como Preston Sturges, Charles Brackett o Billy Wilder. Pero, igual que en Ninotschka el sello de su director, Lubitsch, se impone al guión de Wilder, en las películas citadas es el estilo del director el que gobierna y matiza las ocurrencias de sus guionistas, y el que da a estas películas su peculiar acabado de sueños aflorados a la vida real. 


Me están salvando el verano.

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