lunes, julio 09, 2012

OLYMPIA

En la sierra. Las rutinas se ralentizan. Tal vez porque C. está en su viaje de estudios -nos manda una foto de un lugar con mucho verde y un pabellón victoriano al  fondo-, porque los amigos están de vacaciones, porque el pueblo parece despoblado -aunque de noche, milagrosamente, aparece gente para nutrir las modestas iniciativas hosteleras con las que los empresarios locales pretenden salvar el verano: un concierto de blues en una terraza próxima a casa -desde nuestro patio oímos al bluesman desgranar cansinamente sus melopeas-, el bar de la piscina se ha dotado de un DJ, en la plaza han sacado las barbacoas a la calle... Miramos todo este trasiego con divertido escepticismo, pero también con simpatía. Al mediodía, nos apuntamos a una de esas iniciativas del marketing local y, por un módico precio, nos tomamos unas cuantas cervezas servidas en lotes en un cubo de hielo. Luego siesta, cine (Notorious, de Hitchcock), lectura (El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía clásica japonesa, de un algo incontinente Carlos Rubio), paseo al anochecer, cuando salen los murciélagos... Y una cierta melancolía. Tal vez porque C. está en su viaje de estudios (nos envía una foto...), porque los amigos están de vacaciones, etc.


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No es del todo inconcebible, de aquí a, pongamos, un par de lustros, una revuelta de la empobrecida periferia europea contra el centro hoy dominante. Aún está por ver qué caracteres revestirá esa revuelta. Y quién ganará, porque no creo que exista ninguna ley histórica que condene a Alemania y a sus posibles adláteres a perder siempre.


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Y estos dos versos, que anoto aquí por si me sirven de algo:


OLYMPIA


Tendida en el sofá, leyendo un libro.
Un horizonte de montañas bajas. 

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