lunes, julio 23, 2012

PLACERES

Encuentro en Internet esta doble traducción al inglés de tagarnina, el exquisito cardo silvestre comestible que tanto juego da en la gastronomía del sur de España: common golden thistle o Spanish oyster thistle. Hay también quien la llama -erróneamente, por lo que puedo comprobar- oyster plant -planta inglesa de la que se aprovecha más bien el tubérculo, y no las hojas tiernas-; y encuentro también que  el término general para el cardo comestible es cardoon -que equivaldría más bien, creo, a nuestros cardillos o borrajas, y no a la tagarnina propiamente dicha-... Lo que explica, en fin, las dificultades que tuvimos para hacer entender a M., nuestro nuevo amigo inglés, cuál era exactamente la verdura que contenía la exquisita tortilla que estábamos comiendo en aquella terraza de Grazalema. Hicimos más bien una aproximación descriptiva: es la primera fase, dijimos, del crecimiento de cierto cardo silvestre, cuando las hojas espinosas, pero con el nervio central todavía  blando y jugoso, se extienden a ras de tierra y en forma de estrella a partir del tallo. Lo que me lleva al recuerdo de mi abuela, ya octogenaria, enseñándome a despojar el nervio comestible de su borde espinoso, para lo que había que rasparlo a contrapelo con las uñas de los dedos índice y pulgar... M. nos dice que el empleo de hierbas silvestres es ahora la última moda en la alta cocina inglesa. Aquí, le explicamos, las hemos comido siempre... por pura hambre.


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Y es que M. no come carne, aunque tampoco se considera un vegetariano militante; simplemente, ha aprendido a no echarla de menos. Lo que no es óbice para que, ante nuestra insistencia, pruebe algún que otro bocado de tal o cual delicatessen local. También L. ha hecho momentánea dejación de su aversión a la ginebra, al avenirse a probar mi Martini dry. Con lo que el resultado es que sólo nosotros, los anfitriones, mantenemos férreamente nuestros prejuicios: ni yo pruebo ninguno de los, dicen, exquisitos quesos locales ni M.A. se decide a probar el sobresaliente estofado de conejo que tengo ante mí. Para que nadie quede libre de culpa, pregunto a A. cuál es su aversión particular. Y a todos nos sorprende la respuesta: el marisco.


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El primer baño es siempre una delicia. El segundo, en cambio, suele terminar en un escalofrío y en una salida apresurada del agua en busca de una toalla y de un poco de sol vivificador. Lo que demuestra que hay placeres que es mejor no empeñarse en repetir; al menos, en la misma jornada.

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