martes, julio 10, 2012

SACO



Salgo de casa con un libro para leer en el autobús. En correos había otro esperándome, una novela policíaca que me envía una editorial. En la librería recojo uno que tenía encargado, Molloy, de Samuel Beckett, y me hago cargo de algunos ejemplares de un libro propio que los editores me han dejado allí. El librero se burla. "¿Quieres otra bolsa?", me dice, viendo mis esfuerzos por encajar mi cargamento en una sola. Salí de casa con un libro y vuelvo con un saco. Y me acuerdo de la ominosa advertencia que me hizo un amigo arquitecto a propósito de que los pisos modernos no están preparados para soportar el peso de todas sus paredes cubiertas de estanterías llenas de libros.


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A propósito del que recibí en correos, le comento a mi amigo librero que no sé qué hacer con determinados libros que no me interesan especialmente -aunque nunca se sabe-, y a los que me gustaría dar un destino digno. Se encoge de hombros. "Si se fuera a vender -me dice- te lo cambiaba por otro -meneo la cabeza enérgicamente, porque mi intención no era insinuar un trueque de esa clase-, pero -continúa-, tratándose de un libro que habrá que devolver dentro de un mes... Ni siquiera en una biblioteca te lo aceptarían".


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Este otro -le comento, a propósito de las memorias infantiles de cierto escritor mediático, que recibí hace algunas semanas- sí puede que tenga su clientela. Yo no, desde luego: lo hojeé el otro día y no consistía en otra cosa que en la descripción -muy inflada retóricamente, eso sí- de los encantos de las amigas de la madre del autor y de otras mujeres de su círculo familiar, y en la mención de los desahogos onanistas que tributó -y, al parecer, aún tributa- a esos fantasmas eróticos de su infancia. El tocho tiene quinientas páginas y pastas duras, y debe de costar veintitantos euros. Pero, aun dando por descontado que un bodrio como éste tiene su público, me niego a endosárselo a mi amigo librero. Que cada uno cargue con su cruz. 


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Cambiar libros por libros, en cualquier caso, no resuelve nada. ¿Aceptaría alguien canjearlos, no sé... por botellas de vino, o por bolsitas de buen jamón envasado al vacío? Un libro, una bolsita. Aun así, en algunos casos sería una estafa.

2 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Yo creo que una buena solución es eso que llaman bookcrossing: dejas los libros en un sitio público, como una parada de autobús, para que alguien los recoja, que probablemente hará lo mismo tras leerlo. Vamos, los préstamos de toda la vida sin devolución, pero a escala urbana.

En cuanto a lo de las estanterías, ya sabes mi método: debo de tener unas cuantas toneladas de libros en mi reader, que pesa unos pocos gramos.

Un abrazo, y feliz verano.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo del "bookcrossing" no me parece mala idea. En cuanto a lo del "reader", no sé: todavía no me veo leyendo sin sentir en las manos el tacto del papel. Claro que, hace años, también afirmaba que no me veía escribiendo en la pantalla de un ordenador, y ya ves. Feliz verano y un abrazo.