
Para mí que toda esa alegría era, si no falsa, sí impostada. Al menos,
si la comparábamos con la de otros años. Es lo que tiene celebrar lo mismo –en este
caso, una importante victoria futbolística– tres temporadas seguidas. No sé.
Diría uno que, por ejemplo, cuando la gente se echó a la calle en el verano del
2010 a celebrar que la selección nacional había ganado el mundial de fútbol, la
alegría de entonces, con ser grande, fue más ponderada y serena. No sé qué
pensar de la de ahora: se asomaba uno al balcón a ver pasar las caravanas de
coches que hacían sonar sus cláxones y agitaban banderas, y tenía uno la
impresión de estar asistiendo, no ya a la celebración de una victoria
deportiva, sino a la clase de emoción desatada que se produce cuando un país
entra en guerra o triunfa en él una revolución. En el 2010 la gente se dijo:
todo va mal, pero de vez en cuando nos podemos permitir una alegría de ésas que
no hacen daño a nadie. La del pasado domingo fue distinta. Los exaltados
parecían gritar: hemos ganado, y a ver quién se atreve a restarnos mérito, a no
embriagarse de victoria, a no mostrar la clase de ardor patriótico que esa
misma mañana habían aventado las portadas de La Razón y ABC. Daban un poco de
miedo esas caravanas de coches. Y en la madrugada, cuando de esa primera
explosión sólo quedaba algún que otro lejano eco de trompetas de juguete y
cohetería barata, imaginaba uno los rostros desencajados de esos últimos
celebrantes, su no declarada decepción ante la evidencia de que incluso esas
grandes victorias del fútbol patrio, que tan grandes parecen cuando se las
vitorea en medio de una masa exaltada, resultan poca cosa cuando el griterío se
apaga y lo que queda es volver a casa, dormir la borrachera y levantarse al día
siguiente para encarar la realidad; es decir, el desempleo, los sueldos bajos,
los derechos laborales cada vez más menguados, la forzada conformidad con la
que estamos aceptando todos esos hechos.
Y la pregunta es ésta: ¿para qué sirve una gran victoria futbolística? Bien administrada, en este tiempo de emociones de usar y tirar, dura a lo sumo una noche. En otras épocas esta clase de sentimientos inducidos sirvió para proporcionar sedativos a todo un país durante lustros; cuando no era la descarga de adrenalina que suponía un
partido de la máxima rivalidad local o regional, era alguna que otra
voluntariosa pugna contra un equipo extranjero; cuando no era la emoción del juego
visto en el propio campo, único lugar donde era posible una demostración de ira
e incluso algún que otro lanzamiento de objetos contundentes, era la emoción
vicaria de tener más o menos aciertos en la quiniela. Sorteamos la segunda
mitad del siglo veinte a fuerza de partidos de fútbol. El veintiuno va por el
mismo camino.
Publicado ayer en Diario de Cádiz
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