lunes, agosto 27, 2012

ANTES LLEGA LA MUERTE

Llevado por lo que han dicho las necrológicas sobre el recién fallecido cineasta español Joaquín L. Romero Marchent -la primera que leí fue la que hizo José Manuel Serrano Cueto-, veo el que dicen que fue su mejor western, Antes llega la muerte, de 1964. 

Es, efectivamente, una buena película. cortada según el patrón del western clásico norteamericano, antes de que sobre éste se cerniera la influencia del entonces incipiente spaghetti western. En ese sentido, hay que señalar que este título se estrenó en el mismo año que Por un puñado de dólares, la célebre película de Sergio Leone con la que triunfó la versión tremendista y espectacular que los cineastas europeos hicieron del venerable género estadounidense; y que está, por tanto, más cercana a Dos cabalgan juntos o El hombre que mató a Liberty Valance, por ejemplo, estrenadas respectivamente en 1961 y 1962, que de los últimos estertores del género. 

La alusión a Ford no es gratuita. Como Caravana de paz, Dos cabalgan juntos o Centauros del desierto, la humilde y honesta película de Romero Marchent es el relato de un itinerario en el que confluyen personajes con motivaciones dispares y enfrentadas. Como dicen que hacía el maestro Ford, el español se asegura de que cada uno de ellos tenga una biografía que lo respalde; y sea, por tanto, algo más que un mero figurante al servicio de los vaivenes de la historia. El itinerario es, también, un recorrido moral, y en él los distintos personajes habrán de sopesar sus motivaciones iniciales, y, si no cambiarlas -porque todos parecen impelidos por motivos irrenunciables-, sí reconsiderarlas a lo largo del trayecto o, lo que es más frecuente, en el momento en el que los antagonistas de cada uno de ellos encuentran la muerte sin haberles dado ocasión a los primeros de solventar o zanjar las cuestiones pendientes. Es, en ese sentido, y a diferencia de la mayor parte de los clásicos del género, una película trágica; y, si hubiera que relacionarla con alguna filosofía, ésta sería el existencialismo, por las serias dudas que esta doctrina plantea sobre el sentido de la acción humana. Cosa, por otra parte, muy de época, y a la que el sentir del director no parece ajeno.

El desencadenante de la acción es la decisión que un granjero toma de conducir a su esposa, gravemente enferma, a una ciudad donde puedan operarla. Para ello ha de vender sus bienes y rodearse de una escolta de hombres bravos para atravesar el territorio indio (en alguna parte he leído que esta anécdota tiene su fundamento en un recuerdo familiar del propio Romero Marchent, referente a su abuela, aunque no he encontrado más detalles al respecto). 

A esta trama básica, nuclear, se suman otras. Por supuesto, entre los hombres contratados para tan peligroso viaje hay desaprensivos que no piensan en otra cosa que en robar el dinero del granjero y violar a su bella esposa. Pero también hay, entre ellos, uno que la pretendió en otro tiempo, y que, por defenderla de una no aclarada ofensa (posiblemente, un intento de violación), mató en su día a otro hombre, lo que lo llevó a pasar varios años de bandidaje y de cárcel, antes de volver al pueblo y arrostrar la venganza de los hermanos del muerto. En el itinerario, pues, todos esperan encontrar la ocasión de cumplir sus designios particulares; y todos se conducen sin conocer en su totalidad las motivaciones de los otros. Incluso la enfermedad de la mujer del granjero es un secreto, que sólo conocen su marido y su padre, y del que hasta ella permanece ignorante. Por ello, en un momento de crisis, la propia mujer interpreta que lo que ha llevado a su marido a emprender tan peligrosa aventura son los celos que siente del antiguo pretendiente, de quien aquel pretende alejarla... Todo esto está manejado como lo hacían los maestros del género: con contención, mediante las alusiones justas, sin abusar de explicaciones y sin forzar demasiado los inevitables momentos de revelación. Lo que los personajes han de aprender, lo hacen al mismo tiempo que luchan con los elementos -hay, por ejemplo, una bellísima toma de la caravana avanzando por la nieve, al modo de las escenas invernales de Centauros del desierto, y otra en la que el único carromato superviviente queda atascado en una duna, a pocos metros del pozo que ha de salvar de morir de sed a los viajeros-, o mientras combaten a los indios -nunca el cine español los mostró más numerosos y temibles-, o mientras andan empeñados en resolver sumariamente los conflictos particulares de cada cual. 

Al final, ya digo, la maraña se aclara en una casi camusiana apelación a lo inútil de toda acción, pues, como indica el título de la película, la muerte llega siempre antes que las precarias satisfacciones que los seres humanos se prometen a sí mismos en recompensa a su proceder. En el camino ha quedado un puñado de imágenes memorables, filmadas en un momento en el que el cine español todavía aspiraba a ser, no una mera aventura oportunista, sino una industria seria, que contaba con técnicos, especialistas, carpinteros, figurantes, caballistas, sastres, etc.; y que, lo que es más importante, se tomaba a sí mismo en serio. Que esta película no sólo no nos resulte ridícula, como tantas que le siguieron, sino que incluso convenza y conmueva, así lo demuestra. 

Valgan estas líneas, en fin, como un tardío y quizá ya inútil homenaje a su autor. 
        

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