miércoles, agosto 08, 2012

ASHBY

Veo Shampoo, una de Hal Ashby que hasta ahora no me había salido al paso. Y me gusta, pese a estar protagonizada por tres actores que, incluso cada uno de ellos por separado, bastan para hacerme desistir de ver una película: el inexpresivo y bobo Warren Beatty, la insoportable Goldie Hawn, la pretenciosa y muy pagada de sí misma Julie Christie. Vaya trío. Y es que, sin duda, lo peor del cine americano de esa época son algunos de sus actores más característicos -no todos: ahí están De Niro y Nicholson por ejemplo-. Pero pese a ese reparto, decía, disfruto con esta especie de adaptación americana de La dolce vita: veinticuatro horas en la vida de un mujeriego empedernido -peluquero, por más señas- en el día en el que Nixon ganó las presidenciales de 1968, lo que significó el fin de muchas de las ilusiones colectivas que habían alentado los mandatos de Kennedy y Lyndon B. Johnson. 

En ese ambiente de involución y de liquidación de las aspiraciones de toda una década, este hombre se mantiene fiel a la parte, digamos, más insustancial del viejo programa contestatario y alternativo: la referente a una libertad de costumbres que, desconectada de cualquier otra clase de aspiración personal o colectiva, resulta en la práctica más bien agotadora. El personaje intenta justificarse al final, sin lograr articular otra cosa que un penoso balbuceo: "A mí es que... me gustan todas las mujeres", viene a decir; lo que explica, entre otras cosas, que se haya hecho peluquero: era la mejor manera, alega, de estar cerca de ellas, de constatar lo guapas que son, lo bien que huelen, etc. Ashby se burla despiadadamente del programa vital de la parte más abierta y desinhibida de su generación, al mismo tiempo que no se hace ilusiones respecto a la posible alternativa: la hipócrita "mayoría moral" que encarna la triunfante candidatura de Nixon. El contraste entre esas dos Américas queda representada en las dos fiestas a las que el protagonista acude esa noche: la primera, de hombres de negocios que no quieren perder la ocasión de mostrar su compromiso (interesado, por supuesto) con la nueva administración; la segunda, de hippies y gente del día que continúan su eterna bacanal sin querer darse cuenta de lo que se les viene encima... 

Como complemento, veo después Let's Spend the Night Together, el documental que Ashby dirigió sobre los Rolling Stones: un vibrante concierto ininterrumpido, en el que el director inserta contadas, pero certerísimas, cuñas mudas en las que vemos algunas escenas entre bambalinas y alguna que otra imagen retrospectiva. No hay comentarios hablados, ni falta que hacen. Y es ese laconismo lo que da a este documental, también, un cierto aire elegíaco. Como si dejara en el aire la pregunta: todo esto -es decir, toda esa energía, toda esa vitalidad desbordada, con el desgaste personal que implica- ¿para qué?  

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