lunes, agosto 20, 2012

EL MEJOR

A pocos metros del paseo marítimo, ocupado por una multitud endomingada que llena las terrazas y provoca momentáneos atascos en la acera al arracimarse junto a los tenderetes de baratijas, unos chicos anarquistas pegan carteles de lo suyo en los mármoles de un establecimiento de muebles. También ellos tienen apariencia festiva, y ni siquiera el color negro que predomina en sus atuendos los distingue significativamente de la multitud, y más bien les da aspecto de ser partidarios, como muchos de los paseantes más jóvenes, de alguna banda de heavy metal. Tampoco los carteles, pulcramente diseñados e impresos, parecen destinados a espantar los buenos sentimientos burgueses tan pródigamente desplegados en las terrazas colindantes. "Defiende tus derechos", reza el lema, impreso sobre unas siluetas geométricas entre las que se distingue la de unas ominosas tijeras... En torno a los pegacarteles, como si se trataran de cualquier otra atracción en la abigarrada multitud, se detienen a mirar unos curiosos. La imagen tiene algo de esa benevolencia festiva que caracterizaba muchas fotografías de la Transición. Unos días antes, me acuerdo, un vecino me proporcionó otro ingrediente que me retrotrajo a esos tiempos: los rumores. Afirmó saber "de muy buena tinta" que los militares españoles estaban recibiendo entrenamiento para reprimir manifestaciones y levantamientos populares; lo que, según él, era un síntoma innegable "de lo que está al caer". Rumores como éste y escenas como las que acabo de describir fueron, en otro tiempo, indicios de un cierto fermento cívico, que era a su vez la manifestación de un deseo generalizado de cambio político y social. En su día ese fermento se encauzó más o menos bien, aunque buena parte de los males que hoy nos atenazan vienen de problemas que entonces no se solucionaron satisfactoriamente, o de procesos que quedaron incompletos. Hoy, como entonces, nos queda la incógnita de qué seremos capaces de hacer para salir del atolladero. Y quizá lo mejor que podamos decir de nosotros mismos a estas alturas es que estas inquietudes de hoy son mejores, en cierto modo, que el conformismo satisfecho en el que hemos estado instalados hasta anteayer.

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K. detesta que toque la armónica. Cuando me oye, salta al brazo de la butaca en la que estoy sentado y me mordisquea el brazo, con la esperanza, entiendo, de que deje caer el instrumento y ponga fin a lo que, para ella, debe de ser un espantoso ruido. Las otras dos mujeres de la casa simpatizan abiertamente con la gata. Y uno es de los que se desmoralizan fácilmente si nadie los alienta.

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El mejor cineasta de esa década fue, ahora ya no me cabe la menor duda, Hal Ashby. Hizo pocas películas, pero ninguna de esos años tiene la elegancia y serenidad de, pongo por caso, Esta tierra es mi tierra (Bound for Glory), que narra los inicios del gran cantante folk Woody Guthrie, y que tiene la grandeza de, pongamos, Las uvas de la ira. Los otros -Scorsese, Coppola y compañía- apuntaron alto, sí, pero nunca alcanzaron ese nivel.

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