miércoles, agosto 29, 2012

GIMME SHELTER

Me alegro de haber visto Let's Spend the Night Together, el documental que Hal Ashby hizo sobre los Rolling Stones en 1982, antes que Gimme Shelter, el que los hermanos Maysles filmaron doce años antes, centrado en el fatídico Altamont Speedway Free Concert que la banda ofreció en San Francisco en 1970, y se saldó con tres muertes accidentales y un asesinato a cargo de los Ángeles del Infierno. La colorista película de Ashby retrata a la banda en uno de sus mejores momentos profesionales, cuando lo que ofrecían en sus conciertos no era otra cosa que puro espectáculo magníficamente ejecutado. No hay comentarios, no se fuerzan interpretaciones de lo que ocurre en la pantalla, porque posiblemente lo que buscaba Ashby, que admiraba a la banda, era despojarlos de su aura maldita y representarlos como lo que eran en ese momento: los únicos supervivientes de una época cuyos valores y estética empezaban rápidamente a periclitar. Diez, doce años antes, eran otra cosa, como la película de los Maysles se encarga de recordarnos. En ella, los propios Stones presencian, en la sala de montaje de los realizadores, las imágenes del que posiblemente fuera el momento más polémico de su carrera. Tampoco ellos comentan nada, pero sus miradas son elocuentes: los hechos los han sobrepasado. Oyendo sus propias bravatas a la hora de anunciar su intención de participar en este concierto gratuito, el propio Mick Jagger menea la cabeza y exclama "Rubbish!" ("Tonterías"); porque, evidentemente, el concierto no fue, como el cantante preveía, "una mera excusa" para que la gente se reuniera, se abrazara sobre la hierba, hiciera el amor, se "colocara"... Paso a paso, como en una apasionante película de intriga, los Maysles exponen la sucesión de acontecimientos que condujo al trágico desenlace: desde la despreocupada ufanía con la que Jagger convoca a sus seguidores al concierto gratuito que habría de culminar su triunfante gira por los Estados Unidos, a las complicadas gestiones que hubo que hacer para encontrar un lugar adecuado para celebrarlo, después de que las autoridades negaran el permiso para hacerlo en el más accesible y controlable Golden Gate Park. 

El elemento más polémico del acontecimiento es, desde luego, el papel que en él jugó la agresiva banda de moteros conocida como los Ángeles del Infierno. Se ha dicho que los Stones los contrataron para que se ocuparan de la seguridad del concierto, a modo de guardia pretoriana. Esto se ha negado después, y lo que parece más o menos probado es que la presencia de éstos al filo del escenario, interpuestos entres los músicos y el público, se debió más bien a la inadvertencia de la organización, que entendió mal la costumbre tácitamente establecida de asignar a ésta y otras bandas violentas zonas previamente acotadas en los conciertos multitudinarios, casi siempre en torno a instalaciones cruciales de los mismos, tales como los generadores o las torres de luces, con el objeto de que su presencia, además de estar localizada y más o menos controlada, sirviera de barrera entre el resto del público y estas instalaciones. La organización confundió esta práctica con un servicio de seguridad, y confió a los pandilleros la custodia del escenario, lo que enardeció al público y desagradó a la mayor parte de los músicos que precedieron a los Stones: el documental recoge, por ejemplo, el momento en que los miembros de Jefferson Airplane interpelan a los Ángeles del Infierno, después de haber presenciado cómo éstos golpean con palos a los espectadores que pretendían subirse a la tarima... 

Cuando actuaron los Stones, al filo de la madrugada, los ánimos se habían desbocado, y la pretensión de Jagger de que la gente se tranquilizara y se sentara tranquilamente a disfrutar de la música estaba ya fuera de lugar. Y es en ese momento cuando presenciamos un súbito tumulto -uno más- en las inmediaciones del escenario y vemos cómo un hombre negro es brutalmente apuñalado por un Ángel del Infierno. Como en Blow Up, el crimen no es evidente a primera vista, y es necesario recurrir al artificio fotográfico de ampliar y ralentizar la imagen -y todo esto ocurre, no hay que olvidarlo, ante los rostros inexpresivos de los Stones, que contemplan los hechos retrospectivamente en la sala de montaje- para que se aprecie con claridad, no sólo que el agresor lleva un gran cuchillo, sino también que el agredido porta una pistola... La película termina con unas tomas fantasmales de lo que sucedió después de que los músicos abandonaran el escenario, y unos planos, más tranquilizadores, del amanecer sobre el descampado, con los últimos espectadores marchándose del lugar. Y a uno le queda la impresión de haber asistido a un extraño y poderoso ritual, en el que no sólo ha tenido lugar una tragedia, sino que también se han invocado y dejado campar a sus anchas no pocos fantasmas colectivos. Que unos aprovecharan la ocasión para drogarse, otros para desnudarse y alguno para hacer proselitismo de su causa particular -vemos a una chica, por ejemplo, que recauda fondos para la defensa de un Pantera Negra detenido- es casi lo de menos. Lo más impresionante es ver cómo las cámaras se mueven por el mar de rostros, singularizándolos, al modo en que lo hacía Cassavetes con sus expresivos primeros planos, y la constatación de que cada uno de esos rostros estaba participando en un acontecimiento colectivo del que, al mismo tiempo, era parte activa y mera carne de cañón. Una metáfora, quizá, de la sociedad de masas. Entendemos el rostro desencajado de Jagger cuando se levanta de la mesa de montaje y se despide con un lacónico adiós. Qué más se puede decir. Tampoco ellos, que ejercieron de maestros de ceremonias, tuvieron más control sobre las fuerzas allí desencadenadas que cualquiera de los asistentes. Así es la vida.     

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