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Largo maullido lastimero. K. ha visto una salamanquesa en el techo del salón. Y para que no se la zampe en cuanto la hagamos caer al suelo, encerramos a la gata en el cuarto de baño mientras estudiamos la manera de llevar al reptil a la ventana sin que se nos acabe escondiendo debajo de un mueble. Lo logramos, no sin alguna dificultad: al final, opto por atrapar a la fría criatura entre mis manos y soltarla en el alféizar. Luego liberamos a la gata. Que, de vuelta en el salón, sigue maullando desconsoladamente, mientras escudriña el techo en vano. Le digo a M.A. que deberíamos haberle dejado cazar a la intrusa. Pero, me dice, una cosa es dejar que la gata cace a su albedrío, siguiendo su instinto natural, y otra muy distinta ponerle las presas por delante, para que las mate.
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Dicen que está disminuyendo el topless. Pero no es verdad. Lo que pasa es que tiene, al menos en estas playas de afluencia indiscriminada, sus días y sus horas.

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