jueves, agosto 23, 2012

LUNA DE PAPEL

No la que da título a la película de Bogdanovich, sino la que vi ayer pegada al cielo, al filo de la medianoche, y se mantuvo ahí, rozando el perfil de los edificios altos al otro lado de la bahía, hasta que pareció descolgarse, como si se hubieran roto los hilos que la sostenían, y hundirse en el mar, detrás de la línea de luces del puente... Un creciente de cartón, sobredorado con purpurina. Irreal como un decorado en el que sólo era creíble el incipiente viento sur que empezaba a refrescar la piel y los ánimos.


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El protagonista de Fiesta (The Sun Also Rises), la versión cinematográfica de la novela de Hemingway, es impotente, debido a una herida de guerra; herida que, según quiso dejar claro el novelista, no emasculó a su personaje -que, en ese sentido, está entero-. En la burda economía de la película, es el médico quien hace este extraño diagnóstico: el paciente se recuperará completamente de su herida en la columna vertebral, podrá andar, podrá moverse libremente, pero sufrirá esa importante secuela... Lo que, se me antoja, parece un pronóstico increíblemente preciso -al fin y al cabo, se trata de una anomalía meramente funcional, no relacionada con lesiones visibles- sobre un paciente que, todavía en el hospital, no ha tenido tiempo aún de constatar ese daño colateral. Y es que hay películas que, más aun que las novelas en las que están basadas, serían absolutamente inexplicables sin el recurso, digamos, a esa fisiología ad hoc

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Algunos, cuando pasean a su perro, parecen haber sacado a pasear su propio ánimo atribulado, incapaz de levantar la cabeza del suelo.
 

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