miércoles, agosto 15, 2012

PATENTE DE CORSO


Calles desiertas. El paseo marítimo, de impronta soviética, pautado por las moles del ayuntamiento nuevo, el polideportivo, el inacabado auditorio, está vacío. Paseantes dispersos, parejas aburridas, algún que otro pescador con la caña al hombro. Se echan de menos las familias enteras que otros años distraían la sobremesa desfilando en formación por la inmensa explanada, todos recién duchados y revestidos de esa sana ufanía que depara el turismo económico a quienes no pueden permitírselo de otra clase. Hijos casados que han venido a pasar el verano en casa de sus padres o suegros, hermanos que comparten piso con hermanos... Hoy, por lo que se ve, ni eso pueden permitirse. "En la segunda quincena mejorarán las cosas", dice M.A., a quien, como a mí, la visión del paseo desierto deja una extraña opresión en el pecho. De vuelta a casa, la fachada del edificio donde vivimos tiene todas las ventanas iluminadas, menos las nuestras. Nadie ha salido. Hace una noche espléndida y la gente prefiere pasarla ante el televisor, en vez de al aire libre, paseando o en una terraza. Atmósfera de penuria general. Piensa uno en la desesperación de los dueños de los bares. También ellos, como M.A., mantendrán la esperanza de que la cosa mejore en la segunda quincena. Pero, ¿por qué habría de mejorar?


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Bogdanovich sobre John Ford, en el espléndido documental que rehizo, con material más antiguo, para Turner en 2006. Homenaje cinéfilo y mitómano, sí, pero en el que no faltan algunas ideas críticas dignas de consideración. Por ejemplo, la que apunta a la irónica disparidad entre lo que literalmente se cuenta en las películas de Ford y las conclusiones a las que llegan los personajes al final de las mismas. Así, la famosa conclusión de El hombre que mató a Liberty Valance: "Si los hechos contradicen la leyenda, imprime la leyenda". Sí, pero lo que ha ocupado las dos horas precedentes no ha sido la leyenda, sino los crudos hechos, la penosa coyuntura que ha llevado a un tímido abogado que no sabe disparar a dar la cara por todo un pueblo sometido a los dictados de un pistolero. O la curiosa disparidad, también subrayada en este documental, entre el esteticismo algo afectado de muchos planos de Ford y su tendencia, en otros, a la simplicidad más absoluta; y el modo magistral en el que ambas querencias se combinan en, por ejemplo, Río Grande. O la creencia fordiana de que la primera toma es siempre la mejor -y lo curioso es que en el documental comparecen directores, como Scorsese, que son notorios incumplidores de este principio, y que son capaces de filmar una misma escena decenas de veces, sin decidir qué es lo aprovechable hasta el momento fatídico del montaje-. Me dejo otras ideas en el tintero. Y el caso es que, en medio de mi verano dedicado a revisar el cine norteamericano de los setenta, siento ahora la apetencia, que no sé si podrá resistir, de volver a ver unas pocas películas del viejo director. Y ya se sabe que los veranos no son infinitos.


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Malas calles, de Scorsese, La película, dice el director, le enajenó el afecto del barrio en el que se había criado, al que no le gustó verse retratado de ese modo. Inconvenientes del cine autobiográfico. Que no son, ni mucho menos, los de la escritura autobiográfica. Al menos, en mi caso: que yo recuerde, nadie se ha dado nunca por aludido por nada que yo haya escrito, a pesar del hecho evidente de que mi inspiración parte de situaciones más o menos reconocibles. Lo que, evidentemente, apunta a la desoladora conclusión de que ni siquiera los más inmediatos me leen. Pero, también, al estimulante corolario de que, en esto como en otras cosas, goza uno de patente de corso.

2 comentarios:

gatoflauta dijo...

No es verdad que no te lean, y tú lo sabes (a veces, incluso comentan, o comentamos). Pero la idea de escribir como si nadie te leyera puede no resultar desdeñable; da una libertad que puede ser muy sana.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente. Yo me refería más bien a mis novelas recientes, bastante "comprometedoras" en ese aspecto.