lunes, agosto 13, 2012

SARDINA

También el verano tiene su programa, que se va cumpliendo con más o menos exactitud. Y una parte que se deja a la improvisación, y que resulta ser -y no hay paradoja- la más previsible de todas.


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Se van espaciando las entradas de este cuaderno. Puede deberse, simplemente, al  ritmo algo más relajado que uno adopta respecto a sus cosas en vacaciones. En todo caso, no es algo premeditado, y ahora pienso que puede tener algo que ver, también, con el ayuno de noticias que me he impuesto. Ese no saber nada del mundo parece tener como efecto la consideración paralela de que el mundo tampoco sepa nada de mí. Qui pro quo. Lo que no quiere decir, desde luego, que uno dé a estas intrascendentes noticias de sí  la misma importancia que a ese acontecer externo que, por consenso más o menos general, consideramos que nos concierne a todos. No, por supuesto: lo verdaderamente importante -permítaseme la inmodestia- es lo que se consigna aquí.


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La demoledora conclusión de Chinatown, la gran película en la que confluyen los talentos del director Roman Polanski, el guionista Robert Towne y el actor Jack Nicholson -aunque no hay que desdeñar al resto  del elenco, desde Faye Dunaway a John Huston-. Todo es Chinatown. Y aunque uno, como es el caso del detective que interpreta Nicholson, haya dejado atrás los años en los que sirvió en ese distrito donde lo mejor que se podía hacer era no entender demasiado, el caso es que el acceso a esferas aparentemente más nítidas de la realidad -un buen trabajo, buena clientela, un cierto optimismo- no supone, en absoluto, la suspensión de los sórdidos códigos de Chinatown. La realidad entera -la economía y la política, sí, pero también el mundo de los afectos- se rige por esos códigos opacos. Y uno puede llevarse una gran sorpresa si peca de confiado y se da de bruces con esa realidad.


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La espléndida serie de poemas sueltos, la mayoría de ellos no recogidos en libro, que fue publicando William Carlos Williams entre 1936 y 1944. Están entre lo mejor de su obra. Y son, en la mayoría de los casos, simples apuntes descriptivos. Como el que empieza: Because they are not / they paint their lips / and dress like whores... (Como no lo son / se pintan los labios / y visten como putas...). Mera constatación de cosas y personas vistas, que, al quedar delineadas en pocas y precisas palabras, se tiñen de una doble melancolía: la derivada, por supuesto, de su propia transitoriedad; pero, sobre todo, la que suponemos en el poeta, en su condición de espectador afectado por el asombro, la indignación o el deseo, según los casos, pero, de todas formas, siempre consciente de la distancia que lo separa de los hechos observados, y afectado por ese paralizante exceso de autoconsciencia; sin la cual, por otra parte, sería imposible escribir poesía.


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Humeantes, grasientos festejos populares. Remiten a otro tiempo, a otras latitudes. Me parece ver a mi padre, niño, correteando entre las hogueras, feliz porque ha pillado una sardina.  

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