lunes, septiembre 24, 2012

ARREBATOS


Leo en el último número de Clarín un detallado ensayo de Miguel Sanfeliu sobre las distintas estrategias que los escritores emplean (o empleamos) para intentar recabar un poco de atención ajena sobre las obras propias y romper así la amenaza de la invisibilidad. Parte el texto de una evocación del escritor Felipe Alfau, al que Juan Bonilla consiguió localizar, ya senil, en un asilo neoyorquino, justo en el momento en el que el público y la crítica españoles empezaban a reparar en sus dos olvidadas novelas. ¿Cuántas obras maestras -se pregunta Sanfeliu- no pasarán desapercibidas, sin que ni siquiera merezcan el reconocimiento tardío que consiguió Alfau cuando ya no podía apreciarlo ni disfrutarlo? Sigue un amplio catálogo de trucos -la mayoría, conmovedoramente inanes, cuando no ridículos- con los que el autor invisible o novel trata de llamar la atención de su público potencial: desde colocar disimuladamente el libro propio en un lugar destacado de la mesa de novedades de una librería a, pongo por caso, elogiar a Hitler en público, como hizo el cineasta Lars von Triers, o aparecer desnudo o desnuda en la portada de un libro o una revista... Voy leyendo las, a veces, doloridas afirmaciones de mi colega Sanfeliu -lo es en más de un concepto, como compañero de editorial y como frecuente contertulio en estas expansiones informáticas- con un sentir general de asentimiento; y, a la vez, con cierta sensación de que hay cosas de las que casi es mejor no hablar, porque dejan al descubierto un flanco desprotegido. A la postre, se acoge el ensayista a la desconsoladora conclusión con la que Muñoz Molina cerraba un artículo suyo sobre el mismo tema: nadie sabe, a la postre, qué es lo que hace que un libro tenga éxito o encuentre a sus lectores. 

A lo que podría añadirse, creo, a modo de consuelo póstumo, que ni siquiera los autores que han logrado ambas cosas saben en qué medida esos réditos serán duraderos o garantizarán la pervivencia de su obra. Porque, más frecuente, creo, que el caso de la obra maestra que permanece invisible, es el de las obras que, habiendo sido aclamadas en su momento, son unánimemente ignoradas, cuando no despreciadas, por los lectores de generaciones posteriores. Claro que sus autores podrían hacer suyo el castizo dicho Que me quiten lo bailao. Pero, aun así...


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No sé por qué, de entre todo los artistas, los músicos de jazz me parecen los menos afectados por la vanidad. Ni siquiera se ponen guapos para actuar ante el público, como solemos hacer los escritores, ni fingen el estudiado desaliño de los cineastas o los músicos de rock. Lo pensaba anteayer viendo tocar al contrabajista Javier Colina: vestido con una especie de guayabera como las que todavía gastan los ancianos de los pueblos, y contraído el gesto por lo que luego supimos que era un rictus de dolor -el hombre traía una pierna lastimada y, al parecer, venía también enfermo del estómago-, ofreció un concierto impecable, a lo largo del cual fue progresivamente olvidando, y haciéndonos olvidar, sus humanísimas contingencias para entrar en lo que pareció, al final, un trance de verdadero arrebato. No nos extrañó que su despedida de hombre tímido consistiera en una especie de bendición, algo así como un "Dios les guarde", generosamente derramado sobre la entusiasmada audiencia. 


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Noches en las que uno suda y se agita en la cama como si purgara una enfermedad de la que, a la mañana siguiente, no queda la menor huella. 

1 comentario:

Amando Carabias María dijo...

Podrían inventar libros-pájaro, con sus alas que empezaran el vuelo según su autor los concluye, para así llegar más lejos.
¿Internet no es eso?