viernes, septiembre 14, 2012

CARBÓN ARDIENDO

Siempre es difícil saber qué está en juego en los asuntos de intimidad violada. Hay siempre una primera víctima, que es la persona que ve su intimidad expuesta. Pero hay otras víctimas indirectas, que son aquellos que se ven convertidos en espectadores involuntarios de lo que quizá nunca quisieron ver, o en forzosos sabedores de secretos ajenos, o en encubridores necesarios de aquello que, habiendo llegado a su conocimiento, piensan que no ha de ir más allá. Por eso, en casos como el del eufemísticamente llamado “vídeo íntimo” de la concejala de Yébenes, que ha circulado sin conocimiento ni permiso de su autora y protagonista y ha terminado siendo piedra de escándalo entre sus vecinos y objeto de investigación policial y de polémica política, uno distingue entre lo que dicta el sentido de la justicia y lo que le impone una consideración más o menos ponderada de la naturaleza humana. No es que ambas cosas tengan que ser necesariamente divergentes, pero sí plantean cuestiones de muy distinto calado. 

La primera, quizá, es que asuntos de esta clase ponen de manifiesto cierto grado de infantilismo colectivo. Lo exhiben, primero, quienes se sienten ofendidos porque una cosa así haya salido a la luz, como niños que viven felizmente ajenos a las cosas que sus padres han tenido que hacer para engendrarlos y, cuando las descubren, se sienten desconcertados y defraudados. Y es que no parece razonable ocultarse a uno mismo que la inmensa mayoría de las personas que nos rodean –el educado vecino que nos saluda en la escalera, la maestra de nuestros hijos, el circunspecto mecánico que nos repara el coche– hacen este tipo de cosas en privado cada vez que tienen ocasión, e incluso disfrutan con ello. Y resulta ridículo fingir sorpresa o escándalo si esa verdad universal sale accidentalmente a relucir. 

Pero también resulta un tanto simple la actitud de quienes aprovechan estos casos para aventar viejos fantasmas. Si un pueblo pequeño anda soliviantado, primero por la fortuita –o más bien dolosa– exhibición de imágenes íntimas de una convecina, y luego por la indeseada publicidad que este hecho ha arrojado sobre la comunidad en su conjunto, eso no quiere decir que entre ellos, como se ha dicho, se haya reencarnado el fantasma de Bernarda Alba, que reclamaba “carbón ardiendo en el sitio de su pecado” para una hija suya que había tenido relaciones sexuales con un hombre. Ni lo uno ni lo otro. La intimidad expuesta exige tiempo y silencio para su reparación. Eso mismo, no hay que olvidarlo, necesitarán las terceras personas que se han visto envueltas en el caso, y que acaso son las que más están sufriendo sus consecuencias. No sabemos si, en medio del circo mediático en el que andamos permanentemente instalados, eso será posible.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

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