martes, septiembre 11, 2012

DESCUBRIMIENTOS


Quizá lo que me ha llamado tanto la atención de The Heartbreak Kid (El rompecorazones, 1972), la segunda película de Elaine May que veo en este improvisado ciclo veraniego, es que nos muestre un panorama humano desolador, sin que el tono de la historia se aparte ni un momento de los moldes y convenciones de la pura comedia. Y no es que nos riamos, no, al ser testigos de la desilusión de una pareja de recién casados desde prácticamente su noche de bodas, o al asistir a los ímprobos esfuerzos del novio por contener la irritación y el tedio que le causa la mera presencia de su cónyuge, o al intuir las perspectivas de liberación que se le abren en cuanto conoce, en una playa de Miami, a una desinhibida y bellísima muchacha que flirtea con él desde el primer momento, y a la que él se empeña en seguir hasta el hogar de ésta, en Minnesota, para proponerle matrimonio, una vez divorciado de la esposa con la que apenas ha convivido unos días, y colocándose él mismo en la arriesgada posición de quien se juega su felicidad presente y futura en una improbable apuesta. 

Sin embargo, los guionistas de esta historia -entre ellos, el reputado Neil Simon- y la propia May, que maneja a su antojo los mimbres del original, no quieren que el espectador asista al mero desplome de todas las bazas puestas en juego, sino a algo mucho peor: al cumplimiento de los deseos del protagonista, sin que ello lo saque, por lo que intuimos, de su permanente desubicación, de su indecisión, de su tendencia a la decepción prematura. Sabiamente, se nos oculta el destino de su primera mujer, que quizá sea, después de todo, quien sale mejor librada de este fiasco de matrimonio. Tampoco sabemos si haber cedido a las pretensiones del impulsivo protagonista contribuirá a humanizar a la gélida rubia que ha servido de desencadenante de la acción. Porque ése el el otro gran mérito de la película: nos confronta con un elenco de personajes hacia los que, en principio, no sentimos la más mínima simpatía, pero a los que acabamos entendiendo muy bien, porque son, en definitiva, como todo el mundo: marionetas en manos de un azar que no depende sólo de las casualidades de la vida, sino del inestable fundamento de los deseos y de la incapacidad para satisfacerlos plenamente. Porque lo que aquí se plantea no es otra cosa que lo que Sternberg y George Stevens llevaron a la pantalla en sus correspondientes adaptaciones de Una tragedia americana, la recia novela de Dreiser: la pulsión destructiva aparejada a ciertas clases de amor. Sólo que aquí, como corresponde a los tiempos, directora y guionistas se lo toman a risa. O casi.

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El gozo que me causan estos descubrimientos; que no son tales, y que posiblemente sólo indican la amplitud de mi ignorancia. Sin embargo, abren mundos. Como me ocurrió, pongo por caso, cuando empecé a frecuentar las, para mí, asombrosas películas de Mitchell Leisen. Ha habido épocas en mi vida, por qué no consignarlo, en que una buena película me arreglaba el día. Hoy me tomo esta afición con espíritu, digamos, más... deportivo. Pero la sensación de felicidad es la misma.

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Felicidad: lo que siente un gato al estirar todos sus músculos después de una buena siesta.

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